Washington Square

“El premio sin duda alguna era grande; pero se podía lograr sólo oprimiendo un registro que se encontraba entre la precipitación y la cautela. La providencia suele estar de lado de las personas hábiles; y las personas hábiles se distinguen porque carecen de deseos de arriesgar el pellejo.”

Washington Square
Henry James

Elvis Vive

Su Guayaquil natal y sus padres así lo bautizaron: Elvis Vive, hijo de Galo Vive y Alexandra Rodríguez.

Desde muy pequeño, Elvis mostró probadas aptitudes para la música. Digo más: con sólo seis años tocaba la guitarra y no lo hacía mal. Además, poseía una voz muy potente y, para más datos, dotes artísticas bien notorias.

Cuando cumplió trece ya destacaba por su poder en los escenarios –escolares por ese entonces-. Cantaba acompañado de su guitarra y con unos movimientos corporales impresionantes. Era pura energía arrolladora.

La fórmula vino a completarse con apenas dieciséis años sobre sus hombros. A la voz poderosa, el baile frenético y la ejecución rabiosa de su guitarra (ya eléctrica) aderezó con la autoría propia de un repertorio de rock que estremecía. De ahí al estrellato poco quedaba.

Nada entorpeció su ascendente carrera. Con veinte años ya contaba con tres discos grabados y unas centenas de miles de copias vendidas.

Si bien la fama, el dinero, las ventas y los discos iban en fenomenal escala ascendente, Elvis nunca fue cobijado por la crítica musical. Es cierto, todo en la vida no puede lograrse. Para ilustrar esta idea, paso a citarles algunos conceptos vertidos por afamados periodistas acerca de nuestro personaje en cuestión.

Robert Lara (redactor que basó su prestigio en denostar a cuanto nuevo cantante surgía) dijo de Elvis: “Si bien este joven pone empeño sobre el escenario, canta y toca la guitarra aceptablemente y compone de manera correcta, nadie puede negar que su meteórica carrera siempre estuvo influenciada por el fantasma de su nombre. Si se llamara Juan Vive, nadie se acordaría de él.”

No fue más benigno el comentario de Ramiro John Gómez (crítico cizañero si los hay entre toda la especie): “Vive es un marcado ejemplo de la ineptitud auditiva de la inmensa masa juvenil que dice escuchar música. Este hombre sólo ostenta llevar un nombre que hace juego con su apellido. En cuanto a su obra, dista bastante de semejarse a lo que llamaríamos talento.”

Continuar con otras palabras vertidas sobre Elvis sería un ejercicio por lo menos de mal gusto. Hay que reconocer que la gente que lo ha criticado con rudeza no deja de tener una visión despojada de emotividad. Quizás la crítica deba cumplir con ese requisito indispensable, que nos salvaguarde de todo intento por hacer alabanzas gratuitas provenientes de profundos e inexplicables sentimientos.

Ahora bien, yo sigo escuchando los discos de Elvis y sigo pensando, que de no haberse apellidado Vive, su música sería igual de valorada. Me acusarán de sordera musical incurable o de tendencia a la emoción fácil. Contestaré que Elvis vive más allá de su nombre.

Dani Ditenco

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Que se mueran los feos

No está mal reír de vez en cuando. Aquí, Boris Vian nos da una buena dosis de hilaridad, desparpajo y unas cuantas cositas más.

“Es probable que yo sea un sentimental. Nadie lo diría al verme, pero los bultos que forman mis músculos son la apariencia engañosa bajo la cual disimulo mi corazoncito de Cenicienta. Quiero a mis amigos. Quiero a mis amigas. Nunca me han faltado ni unas ni otros y de vez en cuando doy gracias a mis padres por el físico que me han dado; los hay que dan gracias a Dios, lo sé…, pero, entre nosotros, creo que mezclan a Dios en historias con las cuales no tiene nada que ver.”

Que se mueran los feos
Boris Vian

Bajamar

Stevenson: mucho más que el creador del Dr. Jekyll y Mr. Hyde.

“Aquel hombre, que por naturaleza era el menos agresivo que imaginarse pueda, salvo en la medida en que los débiles son siempre peligrosos, estaba dispuesto en aquel momento a matar o a que le matasen y contemplaba ambas posibilidades con idéntica indiferencia.”

Bajamar
Robert Louis Stevenson
Lloyd Osbourne

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Fama estropeada

Toda la vida huyó de su destino. Digo más: negó sistemáticamente ser quien era. Cuando las multitudes -ávidas de encontrar espejos donde reflejarse- pugnaban por acercarse a sus dominios, justo allí, este introvertido hombre desaparecía sin más.

Cuan injusto puede resultar el reparto de papeles en este mundo controvertido. Hay quienes matarían por un instante -aunque no sea más que eso-, un solo instante de fama; otros, en cambio, la tienen en la palma de su mano, la desprecian, la ignoran o, simplemente, eligen la sencilla tarea de seguir caminando como un simple mortal.

Nuestro insigne hombre no obtuvo un reconocimiento gratuito. Fue pionero en diseño de artículos que tenían la no insignificante tarea de sobrellevar ciertos males de mejor manera. Resumo: sus creaciones buscaban atenuar defectos físicos en las personas. Entre sus celebrados inventos encontramos las gafas que disimulan el estrabismo severo; el peine que logra acomodar la cabellera escasa cubriendo toda la zona de calvicie; los zapatos que, gracias a su efecto visual, evitan que un hombre con excesivo tamaño de pies sea descubierto; la camiseta que esconde vientres abultados. En fin, la lista es enorme y de probada eficacia.

Gracias a sus ideas, un sinfín de personas logró sortear miedos y resquemores, salió a la calle, enfrentó a la masa mezquina y prejuiciosa, afrontó la vida con la mirada altiva, orgullosa.

No corrió igual suerte el hacedor de toda esta dicha, el inmenso creador, el artista laureado. El gran inventor dio la espalda a la glamorosa fama. Desoyó a propios y extraños. Como ya he dicho, huyó de sí mismo y de su nombre: Beremundo Expedito Noriega no buscó aplausos ni reconocimiento. Acaso, ¿saben de alguien que haya inventado un artilugio que impida que el mundo conozca esos tremendos nombres de pila?

Dani Ditenco
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El poder y la gloria

Imposible no quedar seducido por un texto de Graham Greene.

“Se sentía feliz. Es una de las revelaciones extrañas en tal clase de vida; un hombre, a pesar de padecerla, tiene momentos de alborozo: siempre halla comparaciones con tiempos peores. Hasta en el peligro y en la miseria el péndulo oscila.”

El poder y la gloria
Graham Greene

El amor y la música

Decidió recluirse sin más compañía que uno de los libros de Harry Potter y la discografía completa de Céline Dion – bueno, casi completa -. Pobre Sofhie. Desde la pequeña ventana de su cuarto apenas ve los amaneceres de Montreal. Incluso no abre las cortinas a propósito, en un intento manifiesto por cobijarse bajo una oscuridad tranquilizadora. Come poco, lo suficiente para no caer enferma.

El amor todo lo puede estropear. Sumida en un dolor profundo e impenetrable para seres de otra especie, incapaces de comprender el compungido ulular de un alma muerta, Sofhie se declara la persona más infeliz de la tierra.

Armand destrozó su corazón la mañana en que tomó el vuelo hacia Vancouver. Ella lo supo de inmediato; él apenas deslizó un tímido adiós.

¿Cómo salir de un agujero tramposo, meticuloso en artimañas, ciego de piedad? La angustia tomó el cuerpo de Sophie, la acorraló, humedeció sus recuerdos hermosos con pestilentes fragancias de fracaso. Sofhie sólo atinó a leer a Potter, como una autómata; y a escuchar a su cantante preferida. Una y otra vez, hasta embotar sus sentidos. No importaba. Cada palabra suave, cada entonación dulce, acaramelada de Dion, le sugería más dosis hasta caer presa de una adicción peligrosa.

Para colmo el libro no ayudaba con las sobre exposiciones empalagosas de la cantante. Al contrario, estimulaba su parte más pueril, ese compartimiento oculto de Sophie (y de toda la humanidad).

Una semana atrás, Armand tocaba suelo de Vancouver. Mala bienvenida: habían extraviado su equipaje. Hubo peores noticias: en su maleta perdida iba “Incognito”, disco de Céline Dion y, a la vez, favorito de Sofhie. Armand ni siquiera pudo decirle la verdad cuando intercambiaron monosílabos telefónicos. Ella lo sabía.

Hace una semana que no sale de su habitación. Duele perder un amor. Hay cosas que duelen más.

Dani Ditenco

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Ahí pero dónde, cómo

Cortázar: no quedarás igual después de leerlo.

“A vos que me leés, ¿no te habrá pasado eso que empieza en un sueño y vuelve en muchos sueños pero no es eso, no es solamente un sueño? Algo que está ahí pero dónde, cómo…”

Ahí pero dónde, cómo
Octaedro
Julio Cortázar

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Dormir al sol

Aquí les dejo una pequeña muestra de talento. Absolutamente recomendable leer a Bioy.

“… ¿Qué es Diana para mí? ¿su alma? ¿su cuerpo? Yo quiero sus ojos, su cara, sus manos, el olor de sus manos y de su pelo. Estos pensamientos, me asegura Ceferina, atraen el castigo de Dios. Yo no creo que otra mujer con esa belleza de ojos ande por el mundo. No me canso de admirarlos. Me figuro amaneceres como grutas de agua y me hago la ilusión de que voy a descubrir en su profundidad la verdadera alma de Diana. Un alma maravillosa, como los ojos.”

Dormir al sol
Adolfo Bioy Casares
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La camiseta exiliada

Lluís Borrell emigró de Badalona muy joven. Un amor iluminó sus días y detrás de su sol personal, huyó hacia Valencia. No sólo dejó sus afectos a unos cuantos kilómetros de distancia sino que hubo de soportar el peor de los castigos: no ver a su F. C. Barcelona en el Camp Nou. Dolores irremediables ¿quién puede juzgarlo?

El caso es que Lluís supo encontrar en la paella valenciana y en el carácter extrovertido de los naturales de su nueva tierra, motivos suficientes para distraer sus pesares. Tanto simpatizó con las costumbres valencianas que hasta se hizo un lugar para ir seguido al estadio de Mestalla. Sí: no olvidaba sus colores futbolísticos, pero esto no le impedía disfrutar de ver jugar al Valencia C. F. En definitiva, amaba el fútbol.

Pero las historias no suelen ser siempre felices. Lluís dejó Valencia sin dar explicaciones, de un día para el otro, sin motivo aparente.

Su novia ha sido una tumba desde entonces. Nadie ha podido sacarle palabra alguna. Quizás la vergüenza actuase como impedimento. Cierto es que ella jamás emitió siquiera un justificante por el abandono al que fue sometida. En cambio, quien relata este suceso, sí puede describir qué detonó el exilio de Borrell.

Viendo seguido al Valencia C. F., Lluís comenzó a maravillarse con un delantero que hizo las delicias de la afición “che”. Tanto lo sedujo su juego, su velocidad y sus goles, que en poco tiempo se declaró fanático del mismo. Al punto de ir a ver los entrenamientos del equipo infinidades de veces hasta lograr su objetivo: la camiseta del astro. Ardua tarea que tuvo su recompensa. Una tarde, a la salida de una práctica, pudo cruzar unas palabras con el jugador. De inmediato consiguió el ansiado premio: camiseta autografiada.

Las últimas palabras de Lluís Borrell en tierras valencianas fueron estas: “Gracias Piojo, por tanto fútbol. Te lo dice un fanático del Barça, que sufrió mucho tus goles pero que no ha hecho más que admirarte”.

Claudio “el piojo” López lo vio partir sin saber nunca que había declarado el exilio de un hombre.

¿Traición, desamor, pena, cobardía, mal gusto futbolístico? Lluís Borrell simplemente se fue. ¿Quién puede juzgarlo?

Dani Ditenco