Los lanzallamas

“Y Erdosain se dice: “Podrían dibujarme. Se han hecho mapas de la distribución muscular y del sistema arterial, ¿cuándo se harán los mapas del dolor que se desparrama por todo nuestro cuerpo?”

Los lanzallamas
Roberto Arlt

Un lunático en el parque

Siempre fue duro cruzar ese parque en invierno. No sólo el frío dificultaba la empresa, también su aspecto, señorial e inmenso, agregaba cierta sensación de soledad peligrosa que nada facilitaba las cosas. Para colmo Pedro era un hombre poco amigo de los espacios públicos, mucho menos de los lugares en donde los extraños podían observarlo.

Como cada anochecer, Pedro volvía de su trabajo. Obligadamente debía atravesar el parque. Y si el frío era crudo de tarde ni hablar cuando el sol dabas sus últimas señales de vida. Caminaba recto, rápidamente, sin dar oportunidad a ninguna distracción ocasional. Solamente la despiadada temperatura lo interrumpía de a ratos, entumeciendo sus manos y resquebrajando su ya ajada nariz.

Una nochecita las cosas apenas cambiaron. Pedro sintió una voz que desdibujó la monotonía de sus caminatas. Escuchó un sonido corto, casi sin fuerzas, que se tradujo en las siguientes palabras: “Pedro tiene miedo”. Pedro simuló no escuchar la frase. Siguió su camino.

Veinticuatro horas más tarde el parque fue testigo de otra nueva manifestación sonora. Se sintió un franco y rotundo “Pedro tiene mucho miedo”. Esta vez el caminante frenó su marcha, miró a su alrededor pero no pudo divisar persona alguna. Una vez más, siguió caminando.

El día siguiente no variaron mucho las cosas. Pedro atravesaba el parque, el frío lo maltrataba y de nuevo la misma voz, saliendo vaya a saberse de dónde pronunciando un claro: “Pedro tiene más miedo”. Pedro detuvo su andar y visiblemente molesto comenzó a escudriñar su entorno inmediato. Un enjambre de ramas de árboles y arbustos oscurecía aun más el sitio. Era sumamente complejo divisar, sin internarse en medio del follaje, la presencia de un ser humano (incluso la de cualquier tipo de vida). Fue entonces cuando la duda lo invadió al punto de despertar un fuerte estado de excitación. Acto seguido respondió con un potente: “¿Quién anda ahí?” El silencio posterior fue tan perfecto que hubiese sido acertado decir que nadie había estado en el parque además de Pedro. Pero Pedro desconfió del silencio y volvió a la carga: “¿Quién se esconde detrás de los árboles?” Nadie respondió. Sería el final de esa noche en el parque para Pedro.

El cuarto anochecer no hacía menos frío. Ni siquiera Pedro caminaba más lento ni más rápido. Todo parecía repetirse, incluso lo que Pedro sospechaba, de nuevo la voz cercana y precisa: “Pedro se muere de miedo”. En esta ocasión Pedro eligió desestimar los dichos y no responder ni una sola palabra. Tampoco se paró a reconocer el terreno. Siguió caminando, algo más ligero y nervioso.

La última noche de la voz en el parque puede catalogarse de recurrente. Pedro oyó por quinta vez un sonido inconfundible: “Pedro ya está muerto de miedo”. Sólo quebró el posterior silencio una larga carrera de Pedro sin voltear la vista hasta abandonar el lugar.

Al día siguiente, Atilio, el “loco del pueblo”, fue devuelto al psiquiátrico desde donde hacía cinco días se había fugado.

A Pedro le sigue costando atravesar el parque en invierno. Sobre todo, si una voz que supo hablarle vuelve a decirle alguna verdad.

Dani Ditenco
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La apatía del mono

Evitaré citar, en este relato, la procedencia de la protagonista del mismo, como así también su nombre. Estimo oportuno tal proceder en beneficio de la protección de su identidad (cuestión que me parece correcta). Para nombrarla usaré “Chica H”. Sabrán comprender mi discreción.

Cada tarde “Chica H” visitaba el zoológico de su ciudad. Una especie de rutina autómata la llevaba a eso paseo idéntico, día tras día, sin siquiera cuestionar el origen de esa necesidad.

Siempre fue una joven introvertida, ensimismada y con una alta dosis de baja autoestima. Se veía –y se creía- fea, poco deseable para los hombres. Fue tan siniestro su convencimiento que de a poco se alejó de la vida social y se recostó en una soledad peligrosa.

Como dije antes, cada tarde paseaba por el zoo. Y casi sin notarlo, se detenía subrepticiamente en la jaula de los monos. En realidad, del mono (hacía un tiempo que había muerto su compañera). “Chica H” miraba al primate de manera exhaustiva, con una mirada penetrante propia de las personas que buscan una respuesta en los lugares inapropiados.

La escena comenzó a repetirse. Seré más preciso si digo que las excursiones sólo tenían el único propósito de enfrentar, cada tarde, esa misma jaula. No tardó en nacer lo que podríamos llamar cierta relación entre mujer y animal. El mono comenzaba a devolver las miradas y ella sentía -con razón- que alguien se interesaba en su persona.

Pero las acciones y reacciones no son siempre fáciles de catalogar. Mucho menos de analizar, con algún atisbo de sensatez y cordura, cuando emergen de esta extraña situación. La joven sentía ser reconocida por el animal; el mono se comportaba cada vez más salvajemente (cosa obvia, por otra parte). Se estimulaban mutuamente: ella fantaseaba ser otra mujer haciendo poses extravagantes; el mono encontraba un tipo de estimulación menos sofisticada. La mujer pretendía olvidarse por un rato de su fealdad incurable mientras el animal sustituía –o eso parecía- a su antigua compañera de cautiverio. Todo ocurría con la sola interposición de los barrotes.

Cierta tarde el mono comenzó a cambiar su comportamiento. Lentamente, y con el correr de los días, el animal mostró signos de menor ferocidad o, quizás, de desenfreno por la joven. “Chica H” notó que en cada encuentro su amigo perdía el interés por verla, incluso a veces parecía ignorarla por completo. Si algo le faltaba a la muchacha era que hasta el mono la ignorara. De manera que los temores por la imagen y la eterna soledad retornaron a su persona hasta el grado de la desesperación.

Probó con ropas diversas, peinados extravagantes, maquillajes notorios. Nada. El primate ya no se excitaba. Apenas reconocía su presencia. Deambulaba por la jaula como si fuese otro mono. Perdido, desganado, triste.

“Chica H” abandonó la rutina. No fue más al zoológico. Ni siquiera se la ve por las calles.

El mono sigue solo y sin rumbo. El veterinario del zoo ha confirmado que su ceguera no tiene retorno.

Dani Ditenco
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El cielo es un círculo

Y allí marchó José Miranda, tras una idea un poco loca, algo disparatada tal vez. Varios lo miraron con recelo, esa bendita postal de la arrogancia vulgar. ¿Alguien podía impedirle hacer realidad sus sueños? Nadie, excepto él mismo.

Una tarde de antaño comenzó a diagramar en su cabeza cierta teoría sobre la redondez de nuestro mundo. Dirán, pedazo de novedad su teoría. Pero atención, la idea de su redondez no se limitaba a un globo terráqueo. Iba más allá. Y cuando escribo “más allá” no es por simple uso de una figura retórica.

Tendido en el césped de una plaza montevideana, José imaginó un mundo redondo. Nunca creyó en los rectángulos ni en los cuadrados, eran como una amenaza para la humanidad. Las rectas necesariamente debían morir en algún punto; el infinito no cabía en su mente esférica. ¿Por qué pensar un lugar en donde todo tenga un fin? El círculo es permanente, interminable, inmortal. Las líneas rectas estrechan la imaginación, la circunscriben a un destino inequívoco y falso y, por paradójico que parezca, la certeza de un final es el principio de una mentira.

Sus elucubraciones lo habían subyugado. Fue presa de una emoción incontenible. Brotaban sin cesar imágenes angulares que metamorfoseaban en inquietas esferas. La rigidez se perdía en grandilocuentes círculos repletos de sensaciones de libertad y crecimiento.

Dejó su estado de levitación horizontal en el pasto para comenzar a caminar sin sentido estricto. Se dejó llevar por el éxtasis de sus fantásticas creaciones.

Anduvo unos pasos en línea recta hacia la calle. Sin mirar pisó la calzada. Jamás divisó el autobús que va directo al puerto. Éste lo atropelló, arrastrándolo en lo que fue un segmento de veinte metros. Su cuerpo se desplomó perpendicular a la acera, formando casi un ángulo perfecto de noventa grados.

El cielo lo espera. Deseo que sea un círculo.

Dani Ditenco
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Funes el memorioso

“Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo.”

Funes el memorioso
Jorge Luis Borges

Viento infame

La anécdota podría comenzar por su lado más pueril, acaso por revelar algún detalle mínimo que al obviarlo se haría un acto de justicia. No seré justiciero en estas líneas aunque intentaré ser fiel a los principios del buen gusto –si es que tales principios existen.

Isabelino “Chicho” Gómez gozó de cierta gloria en sus años mozos. En un pequeño pueblo de Paraguay –donde nació, creció y jamás abandonó-, este hombre supo encandilar a propios y extraños con sus exquisitos destellos en el arte del balompié. Gran jugador de fútbol, tanto por su habilidad endiablada como por su elegancia al caminar sobre el campo. Los rivales lo admiraban no sin atiborrarlo a patadas violentas y sometiéndolo a otro tipo de severos “cuidados” en su marcaje. Es verdad, el fútbol guaraní no anda con pequeñeces a la hora de atizar piernas enemigas; eso sí, nadie duda de su calidad. Prueba de esto es la existencia de jugadores de la talla de Isabelino que, esquivando golpes y argucias, supo demostrar en las canchas de qué está hecho un verdadero jugador.

Pero el tiempo suele ser tirano. Llegó, como de costumbre, el momento en que Chicho debió colgar sus botines. Así lo hizo, con treinta y ocho años recién estrenados. Muchos son los que dicen que apresuró su retiro; otros, los más cerriles, afirman que la edad poco tuvo que ver en su decisión. Soy de los que se han enrolado tras las huestes de la primera versión; sin embargo, citaré un breve relato (de un conciudadano de Chicho y cronista de un periódico local) en donde se intuye la verdadera causa del final de la carrera del astro. Lo escuché tal cual lo transcribo:

“Chicho jugaba el clásico del pueblo. Partido muy duro y con resultado incierto. Pero lo más duro no era en sí el encuentro sino el caótico tiempo que hacía esa tarde. Un viento inoportuno y fortísimo cruzaba el campo de juego en ráfagas persistentes.
Chicho Gómez no paraba de pedir el balón. Una y otra vez encaraba a sus marcadores; una y otra vez era derribado a base de faltas desleales.
No está demás decir que Chicho ya no era joven (para el fútbol me refiero) y que los estragos del tiempo había hecho mella tanto en sus piernas como en su cabellera. Las patadas le dolían cada vez más; el peine hacía tiempo que no peinaba sus pelos inexistentes. El dolor lo disimulaba como nadie; la calvicie, bajo un discreto bisoñé de oscuro color.
A pesar de las inclemencias meteorológicas y las propias por el paso del calendario, nuestro gran jugador siguió elegante en la cancha, dominando la pelota como nadie, mirando altivo su objetivo final: la portería contraria.
En un momento crítico del encuentro recibió el balón, sorteó a un rival, esquivó una patada mortífera y se encaminó hacia el área. Si digo que parecía un bailarín no estaré exagerando. Nadie podía evitar su camino al gol. Ningún mortal pudo hacerlo esa desdichada tarde. El viento sí. Cuando Isabelino “Chicho” Gómez estaba a punto de rematar a gol, una furibunda ráfaga ventosa acabó con su sueño. Chicho no convirtió el gol, ni siquiera pudo patear al arco. Se limitó a abandonar el terreno de juego y dar paso a un compañero del banco de suplentes para que lo sustituya. Nunca más pisó una cancha.”

No pude quedarme con ese relato que, para mi humilde opinión, estaba incompleto. Rogué al cronista que me diera más detalles que pudieran cerrar la historia. Se negó sistemáticamente. Sólo obtuve de él la mención del nombre del jugador que tuvo la inesperada tarea de reemplazar a Gómez. Di con ese hombre y a la vez con lo que buscaba. Me contó lo siguiente:

“Chicho se me acercó de golpe al banco de suplentes. Tomó su peluquín que había caído en mis manos luego de la terrible ventada. Me miró serio y dijo: es su hora hijo, entre y gane el partido.”

Sigo siendo devoto del tiempo. Del paso del tiempo. Esa es la verdadera causa del retiro de Isabelino.

Dani Ditenco
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El hombre que amó a las Nereidas

“Mas yo envidio a Panegyotis. Ha salido del mundo de los hechos para entrar en el de las ilusiones, y a veces se me ocurre pensar que tal vez la ilusión sea la forma que adoptan a los ojos del vulgo las más secretas realidades.”

El hombre que amó a las Nereidas
Cuentos Orientales
Marguerite Yourcenar

La mala hora

“El juez doblegó la cabeza. Después de un prolongado silencio, preguntó: “¿Sabes una cosa, Guardiola?” Sin esperar la respuesta siguió adelante: “El teniente se está hundiendo en el pueblo. Y cada día se hunde más, porque ha descubierto un placer del cual no se regresa: poco a poco, sin hacer mucho ruido, se está volviendo rico”.”

La mala hora
Gabriel García Márquez

Para una tumba sin nombre

“Con sus veinte años, el mismo tono respetuoso y protector del ferretero, la misma manera tranquila y seca, los ojos desviados, una mano pellizcando la otra, la misma fe en los principios, en el éxito. Él también había descubierto el simple secreto aritmético de la vida, la fórmula del triunfo que sólo exige perseverar, despersonalizarse, ser apenas.”

Para una tumba sin nombre
Juan Carlos Onetti