Fama estropeada

Toda la vida huyó de su destino. Digo más: negó sistemáticamente ser quien era. Cuando las multitudes -ávidas de encontrar espejos donde reflejarse- pugnaban por acercarse a sus dominios, justo allí, este introvertido hombre desaparecía sin más.

Cuan injusto puede resultar el reparto de papeles en este mundo controvertido. Hay quienes matarían por un instante -aunque no sea más que eso-, un solo instante de fama; otros, en cambio, la tienen en la palma de su mano, la desprecian, la ignoran o, simplemente, eligen la sencilla tarea de seguir caminando como un simple mortal.

Nuestro insigne hombre no obtuvo un reconocimiento gratuito. Fue pionero en diseño de artículos que tenían la no insignificante tarea de sobrellevar ciertos males de mejor manera. Resumo: sus creaciones buscaban atenuar defectos físicos en las personas. Entre sus celebrados inventos encontramos las gafas que disimulan el estrabismo severo; el peine que logra acomodar la cabellera escasa cubriendo toda la zona de calvicie; los zapatos que, gracias a su efecto visual, evitan que un hombre con excesivo tamaño de pies sea descubierto; la camiseta que esconde vientres abultados. En fin, la lista es enorme y de probada eficacia.

Gracias a sus ideas, un sinfín de personas logró sortear miedos y resquemores, salió a la calle, enfrentó a la masa mezquina y prejuiciosa, afrontó la vida con la mirada altiva, orgullosa.

No corrió igual suerte el hacedor de toda esta dicha, el inmenso creador, el artista laureado. El gran inventor dio la espalda a la glamorosa fama. Desoyó a propios y extraños. Como ya he dicho, huyó de sí mismo y de su nombre: Beremundo Expedito Noriega no buscó aplausos ni reconocimiento. Acaso, ¿saben de alguien que haya inventado un artilugio que impida que el mundo conozca esos tremendos nombres de pila?

Dani Ditenco
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