Ciertos perdedores: Hálito en la madrugada

La noche perfecta puede ser aquella en que el alma de un hombre es ungida por la pura belleza de la compañía de una dama. Esto pensó el incauto joven que protagoniza las siguientes líneas.
Arrojado al encanto de la noche y de la conquista, el muchacho, no sin esfuerzo, logró dar con el paradero de una beldad que no tardó en responderle. Las luces enceguecedoras, la música a volumen casi insoportable, las dosis adecuadas de bebidas tonificantes, eran pues el marco que cobijaba a ambos, en un recinto apto para cualquier menester, menos para entablar un diálogo coherente.
Danzaron, rieron, cruzaron sugestivas miradas, lanzaron palabras sin sentido. Sin embargo, una distancia prudencial mantenía a los cuerpos no muy próximos. Incluso más, cuando la mujer decidió la vuelta al hogar, él sólo atinó maquinalmente a acompañarla, a su lado, sin siquiera tomarle la mano. Como no hubo resistencia alguna, supuso que el camino hacia la gloria estaba allanado.
Los inconvenientes de la ausencia de diálogo pueden traducirse en inoportunos hechos. Tanto es así que el regreso al hogar de la joven supuso una treintena de cuadras caminadas sin descanso. Cierto es que la promesa tácita de un final romántico todo lo ameritaba.
Llegaron al portal de la casa. Se miraron dulcemente. Y ocurrió lo que debía: tierno beso de despedida o de inicio de romance. El rostro de la muchacha decretó la primera opción. Un gesto de repulsión intempestivo deformó su cara. Giró de inmediato y se perdió para siempre.
Despuntaban los primeros atisbos de sol y el espíritu de un hombre enamorado vagaba sin rumbo. Una halitosis incurable lo despojó de su amor. Injusticias caprichosas de un destino que no siempre ha de dejarnos sin aliento.

Laurentino Keagan

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