Han dormido al gigante

gigante
Aquel pequeño pueblo italiano recibió a un joven médico, proveniente de otro pequeño pueblo de América del Sur. A pesar de su baja estatura, este profesional tenía porte firme y mirada altiva. Llevaba destino definido: ingresar en el centro de salud local para desarrollar su especialidad, la pediatría.

Cuando emprendió el cruce del Atlántico imaginó un futuro diferente, un país desarrollado, una cultura de avanzada. Esos anhelos del hombre emigrante, a veces tan cercanos a la más pura ignorancia.

Atrás habían quedado los penosos días de la endeble patria, mezquina y ajena a las proezas de un espíritu sediento de bronces y hercúleas estatuas. Es dura la decisión de marcharse. Mucho peor es sentir que el sitio de uno está lejos de donde nació.

Con el cabo de los años de vida europea sólo hubo una certeza: su cuenta bancaria había crecido tanto como su soberbia. De la cercanía a la vida sencilla y los corazones simples, hubo pocas novedades. Eso sí, quién podría decir en su tierra natal, cuando volviese, que este pequeño hombre con gigante ego no sería digno de loas y sinceros elogios. Acaso era la prueba inexacta de cómo alguien quiere y puede triunfar, sin importar latitudes y meridianos.

Entonces ocurrió la vuelta. Mientras volaba, arrellanado en un cómodo asiento de primera clase, su bella esposa lo mimaba susurrándole al oído tiernas palabras. El médico bebía champaña a sorbos cortos, degustando el sabor de una bienvenida inolvidable. Sus modales se habían refinado –pensó-, qué enorme distancia de aquel muchacho pueblerino que no conocía más que el vino tinto barato.

El aterrizaje fue placentero. El aeropuerto, esquivo. Nadie esperó su llegada. ¿Un mal presagio? ¿La horda de viejos camaradas de noches había presentado la renuncia? Con qué pena mascullaba las intenciones de contarles de sus nuevas amistades italianas. De sus lujosas casas, de sus ropajes elegantes. De cómo este humilde médico, nacido en una tierra mediocre, era un acreditado personaje de la alta sociedad europea.

Y el destino siguió sorteando metas. Ya en el pueblo, el médico, a través de las ventanillas del automóvil de alquiler que manejaba, divisaba miradas esquivas. Quizás sea pura paranoia, se animó a sospechar. Sin embargo, los hechos fueron descartando cualquier atisbo de conjetura paranoica: la gente no parecía reconocerlo. Incluso más. Una vez comenzado el derrotero por las calles del pueblo, caminando de la mano de su esposa, comprobó no sólo que nadie lo saludaba sino que cada encuentro ocasional con vieja gente “conocida” lo hacía estremecer. Sentía una especie de fría brisa que se colaba por sus extremidades y le llegaba al pecho. Quizás, la certeza de algo que hiere como la más filosa de las dagas: el total anonimato que sufre quien supone para sí ninguna otra cosa que reverencias y cortejos de seguidores.

Fueron una treintena de conciudadanos que ignoraron al prestigioso profesional. Abatido (y sin mencionarle nada a su compañera) pensó en recluirse de tanta apatía y emprender, lo más rápido posible, su regreso a Europa. Allí, el destino volvió a torcerle el brazo. Doblando por una de las esquinas, divisó a un hombre sentado en el zaguán de una casona antigua. La sorpresa tomó a ambos de improviso ya que de inmediato reconocieron sus rostros. El hombre –barbudo, harapiento y maloliente- se paró y se acercó al médico para pronunciarle: “Hola, Rulos, cuánto hacía que no te veía por acá”. El médico ignoró el saludo, al dueño del saludo y siguió su caminata, acariciando su pelo engominado, sin volver la vista atrás.

La tristeza no cupo en su corazón enorme. Ni siquiera las pobres palabras de un olvidable linyera pudieron mellar la dicha de su espíritu superior. Tampoco el recuerdo –difuso, pero recuerdo- de una cabellera ondulada, libre en el viento de esas calles que, vez alguna, supo encontrar el saludo amable hasta de un alma pordiosera.

Dani Ditenco

Ilustración: Fernando Boris Kriguer
http://www.flickr.com/photos/fernandokriguer/

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