Ciertos perdedores: Amor visceral

Mi entrañable camarada de letras y bares, mi queridísimo Dani Ditenco, ha tenido la ocurrente e inapropiada idea de sugerirme participar en este espacio -su espacio- destinado a narrar historias que no escapan de la ficción más simple. Este blog, que con tanto esmero y no pocas horas de insomnio ha pergeñado, servirá de conducto para acercarles breves relatos, que tienen la modesta misión de develar una serie de hechos desdichados, o mejor dicho, una serie de historias cuyos personajes han sido alcanzados por la vara de la desdicha.
Me he tomado el atrevimiento de nombrar a esta sección “Ciertos perdedores”. Acaso un título poco pretencioso, al igual que el contenido de las líneas que, a continuación, quedarán a vuestro inexpugnable criterio. Dejo en sus manos la primera (es posible que la única) narración.

Amor visceral
O cómo el hombre sufre el sentimiento en su cuerpo

Traeré aquí una breve historia que involucra a dos almas en fuga -puede que a una sola. Remontémonos a una noche muy fría, desapacible. El interior de un automóvil cobijando a una pareja de adultos con efervescentes intenciones.
Así fue como el caballero que cortejaba a la dama, en ese gélido habitáculo, tuvo la arriesgada idea de comunicar su amor y perderlo. Todo en un mismo acto de repentino desborde. Tan entregado estaba el hombre a su tarea, que no midió esfuerzos de ninguna naturaleza, abocado pues a una empresa que se le antojaba irrenunciable.
La dama, en tanto, absorbía incrédula las mieles de un romanticismo extremo. Su ser era abrasado por un fuego incontenible que manaba de ese muchacho alocado y elevado a los altares de la lujuria.
Y el hombre supo que el amor se termina, incluso antes de que haya comenzado. En el momento en que declaraba su pasión, en ese preciso instante fatídico, comprendió que lo mejor era huir, dejar ese incómodo lugar de la vergüenza. Sería mejor que ella jamás supiera que un mal intestinal imprevisto había cavado un hondo hoyo entre ambos.
Él corrió hacia lo profundo de la noche sin mirar atrás. La mujer debió conducir un coche que no era suyo y asimilar una fuga que nunca comprenderá.

Laurentino Keagan

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