El lado oscuro de los Luna

el lado oscuro

En ciertas ocasiones, contar historias no suele ser un trabajo agradable. Menos aún, cuando los detalles que pueden aparecer en las mismas describen hechos y conductas poco cercanos a la decencia.

La familia Luna tiene una casa grande, con amplios ventanales que miran hacia un hermoso jardín repleto de flores. Vive en un barrio de alto poder adquisitivo y, sinceramente, su hogar no desentona en dicha zona. La casa es bella por donde se la mire. Su decoración es sobria, elegante y de mucha categoría. Además, la importante presencia de madera hace que a la elegancia se le agregue calidez, sin que una desentone con la otra, sin que el predominio de una pudiese palidecer las virtudes de la otra.

Los Luna son cuatro –si hacemos un número exacto de personas que dicen formar la familia. El padre es alto, delgado, con esa clase de porte digna de admiración. Camina con la cabeza erguida y habla pausado, con un tono firme y sereno de voz, a la vez convincente. Tiene un clásico tipo de belleza: todo en su rostro es armónico, como delineado por un artista que ha buscado en su obra la síntesis de la sutileza.

La esposa es un claro ejemplo de cómo una señora debe conducirse por las pasarelas de la distinción. Viste maravillosamente simple; virtuosamente distinguido. Pero su vestir no es sólo lo que destaca en ella: su rostro es frágil, delicado. Si su nariz desafía la perfección, sus ojos grises matizan un cuadro que no pasaría inadvertido en colección alguna.

Qué decir de los hijos. El mayor es fuerte, vivaz, simpático. Luce una cabellera rubia ondulada, caprichosamente luminosa. Se expresa con la eficacia de un diplomático de carrera. Sonríe y el mundo cae rendido sin contemplaciones. El menor no necesita encantos adicionales, le basta su mirada límpida y esa angelical cara que encandila hasta al más ciego de buen gusto.

Antes he dicho que cuatro era el número familiar declarado. Hago aquí un paréntesis e intento explicar el porqué del esmerado empeño de una ciencia exacta, como la matemática, en establecer que cuatro más uno es igual a cinco. No siempre las cuentas tienen la irreprochable exactitud de un resultado. La lógica –y la ciencia- dirán que habiendo cinco vidas en un hogar, la suma de dichas vidas no podría dar nunca cuatro como resultado. Sin embargo, el lector desconcertado se preguntará de dónde sale esa cifra si, como queda expresado anteriormente, la casa de los Luna tiene cuatro habitantes.

Sólo ha quedado por describir un sector de la casa que, no por ser menos importante, deja de tener su encanto. En el fondo del jardín hay una pequeña pero decentísima construcción que hace las veces de hogar canino. Es por demás bonita, con su clásico techo a dos aguas y ladrillos a la vista. Digna edificación destinada a ser habitada por un can de prestigioso pedigrí. El interior de la casita no hospeda a un perro de alta alcurnia. Más bien abriga a un simple ejemplar callejero, de poca estirpe y descendencia que llegó a la casa por obra y gracia de la casualidad –este dato es fielmente resguardado por la familia. Clark –tal es su nombre- es pequeño, de hocico prominente, orejas largas y desproporcionadas y cola extraña, como si le perteneciera a otro animal.

Clark es irremediablemente feo y los Luna lo mantienen a cobijo, en un precioso jardín de una magnífica casa que impide descubrir quién es el dueño de un ladrido (molesto, por otra parte). Nadie lo ha visto. La familia no lo nombra, ni lo muestra e incluso manifiesta tener ningún interés en criar animales.

He aquí donde los números comienzan a desdibujarse de manera antojadiza y ensucian lo que debiera ser un simple cálculo. Los Luna dicen ser cuatro habitando la vivienda. Niegan la existencia de un quinto integrante.

Soy tan incapaz de refutar enunciados matemáticos como de no contar historias que avergüenzan.

Dani Ditenco

Ilustración: Yadira Martínez
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