El cielo es un círculo

Y allí marchó José Miranda, tras una idea un poco loca, algo disparatada tal vez. Varios lo miraron con recelo, esa bendita postal de la arrogancia vulgar. ¿Alguien podía impedirle hacer realidad sus sueños? Nadie, excepto él mismo.

Una tarde de antaño comenzó a diagramar en su cabeza cierta teoría sobre la redondez de nuestro mundo. Dirán, pedazo de novedad su teoría. Pero atención, la idea de su redondez no se limitaba a un globo terráqueo. Iba más allá. Y cuando escribo “más allá” no es por simple uso de una figura retórica.

Tendido en el césped de una plaza montevideana, José imaginó un mundo redondo. Nunca creyó en los rectángulos ni en los cuadrados, eran como una amenaza para la humanidad. Las rectas necesariamente debían morir en algún punto; el infinito no cabía en su mente esférica. ¿Por qué pensar un lugar en donde todo tenga un fin? El círculo es permanente, interminable, inmortal. Las líneas rectas estrechan la imaginación, la circunscriben a un destino inequívoco y falso y, por paradójico que parezca, la certeza de un final es el principio de una mentira.

Sus elucubraciones lo habían subyugado. Fue presa de una emoción incontenible. Brotaban sin cesar imágenes angulares que metamorfoseaban en inquietas esferas. La rigidez se perdía en grandilocuentes círculos repletos de sensaciones de libertad y crecimiento.

Dejó su estado de levitación horizontal en el pasto para comenzar a caminar sin sentido estricto. Se dejó llevar por el éxtasis de sus fantásticas creaciones.

Anduvo unos pasos en línea recta hacia la calle. Sin mirar pisó la calzada. Jamás divisó el autobús que va directo al puerto. Éste lo atropelló, arrastrándolo en lo que fue un segmento de veinte metros. Su cuerpo se desplomó perpendicular a la acera, formando casi un ángulo perfecto de noventa grados.

El cielo lo espera. Deseo que sea un círculo.

Dani Ditenco
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