Han dormido al gigante

gigante
Aquel pequeño pueblo italiano recibió a un joven médico, proveniente de otro pequeño pueblo de América del Sur. A pesar de su baja estatura, este profesional tenía porte firme y mirada altiva. Llevaba destino definido: ingresar en el centro de salud local para desarrollar su especialidad, la pediatría.

Cuando emprendió el cruce del Atlántico imaginó un futuro diferente, un país desarrollado, una cultura de avanzada. Esos anhelos del hombre emigrante, a veces tan cercanos a la más pura ignorancia.

Atrás habían quedado los penosos días de la endeble patria, mezquina y ajena a las proezas de un espíritu sediento de bronces y hercúleas estatuas. Es dura la decisión de marcharse. Mucho peor es sentir que el sitio de uno está lejos de donde nació.

Con el cabo de los años de vida europea sólo hubo una certeza: su cuenta bancaria había crecido tanto como su soberbia. De la cercanía a la vida sencilla y los corazones simples, hubo pocas novedades. Eso sí, quién podría decir en su tierra natal, cuando volviese, que este pequeño hombre con gigante ego no sería digno de loas y sinceros elogios. Acaso era la prueba inexacta de cómo alguien quiere y puede triunfar, sin importar latitudes y meridianos.

Entonces ocurrió la vuelta. Mientras volaba, arrellanado en un cómodo asiento de primera clase, su bella esposa lo mimaba susurrándole al oído tiernas palabras. El médico bebía champaña a sorbos cortos, degustando el sabor de una bienvenida inolvidable. Sus modales se habían refinado –pensó-, qué enorme distancia de aquel muchacho pueblerino que no conocía más que el vino tinto barato.

El aterrizaje fue placentero. El aeropuerto, esquivo. Nadie esperó su llegada. ¿Un mal presagio? ¿La horda de viejos camaradas de noches había presentado la renuncia? Con qué pena mascullaba las intenciones de contarles de sus nuevas amistades italianas. De sus lujosas casas, de sus ropajes elegantes. De cómo este humilde médico, nacido en una tierra mediocre, era un acreditado personaje de la alta sociedad europea.

Y el destino siguió sorteando metas. Ya en el pueblo, el médico, a través de las ventanillas del automóvil de alquiler que manejaba, divisaba miradas esquivas. Quizás sea pura paranoia, se animó a sospechar. Sin embargo, los hechos fueron descartando cualquier atisbo de conjetura paranoica: la gente no parecía reconocerlo. Incluso más. Una vez comenzado el derrotero por las calles del pueblo, caminando de la mano de su esposa, comprobó no sólo que nadie lo saludaba sino que cada encuentro ocasional con vieja gente “conocida” lo hacía estremecer. Sentía una especie de fría brisa que se colaba por sus extremidades y le llegaba al pecho. Quizás, la certeza de algo que hiere como la más filosa de las dagas: el total anonimato que sufre quien supone para sí ninguna otra cosa que reverencias y cortejos de seguidores.

Fueron una treintena de conciudadanos que ignoraron al prestigioso profesional. Abatido (y sin mencionarle nada a su compañera) pensó en recluirse de tanta apatía y emprender, lo más rápido posible, su regreso a Europa. Allí, el destino volvió a torcerle el brazo. Doblando por una de las esquinas, divisó a un hombre sentado en el zaguán de una casona antigua. La sorpresa tomó a ambos de improviso ya que de inmediato reconocieron sus rostros. El hombre –barbudo, harapiento y maloliente- se paró y se acercó al médico para pronunciarle: “Hola, Rulos, cuánto hacía que no te veía por acá”. El médico ignoró el saludo, al dueño del saludo y siguió su caminata, acariciando su pelo engominado, sin volver la vista atrás.

La tristeza no cupo en su corazón enorme. Ni siquiera las pobres palabras de un olvidable linyera pudieron mellar la dicha de su espíritu superior. Tampoco el recuerdo –difuso, pero recuerdo- de una cabellera ondulada, libre en el viento de esas calles que, vez alguna, supo encontrar el saludo amable hasta de un alma pordiosera.

Dani Ditenco

Ilustración: Fernando Boris Kriguer
http://www.flickr.com/photos/fernandokriguer/

El lado oscuro de los Luna

el lado oscuro

En ciertas ocasiones, contar historias no suele ser un trabajo agradable. Menos aún, cuando los detalles que pueden aparecer en las mismas describen hechos y conductas poco cercanos a la decencia.

La familia Luna tiene una casa grande, con amplios ventanales que miran hacia un hermoso jardín repleto de flores. Vive en un barrio de alto poder adquisitivo y, sinceramente, su hogar no desentona en dicha zona. La casa es bella por donde se la mire. Su decoración es sobria, elegante y de mucha categoría. Además, la importante presencia de madera hace que a la elegancia se le agregue calidez, sin que una desentone con la otra, sin que el predominio de una pudiese palidecer las virtudes de la otra.

Los Luna son cuatro –si hacemos un número exacto de personas que dicen formar la familia. El padre es alto, delgado, con esa clase de porte digna de admiración. Camina con la cabeza erguida y habla pausado, con un tono firme y sereno de voz, a la vez convincente. Tiene un clásico tipo de belleza: todo en su rostro es armónico, como delineado por un artista que ha buscado en su obra la síntesis de la sutileza.

La esposa es un claro ejemplo de cómo una señora debe conducirse por las pasarelas de la distinción. Viste maravillosamente simple; virtuosamente distinguido. Pero su vestir no es sólo lo que destaca en ella: su rostro es frágil, delicado. Si su nariz desafía la perfección, sus ojos grises matizan un cuadro que no pasaría inadvertido en colección alguna.

Qué decir de los hijos. El mayor es fuerte, vivaz, simpático. Luce una cabellera rubia ondulada, caprichosamente luminosa. Se expresa con la eficacia de un diplomático de carrera. Sonríe y el mundo cae rendido sin contemplaciones. El menor no necesita encantos adicionales, le basta su mirada límpida y esa angelical cara que encandila hasta al más ciego de buen gusto.

Antes he dicho que cuatro era el número familiar declarado. Hago aquí un paréntesis e intento explicar el porqué del esmerado empeño de una ciencia exacta, como la matemática, en establecer que cuatro más uno es igual a cinco. No siempre las cuentas tienen la irreprochable exactitud de un resultado. La lógica –y la ciencia- dirán que habiendo cinco vidas en un hogar, la suma de dichas vidas no podría dar nunca cuatro como resultado. Sin embargo, el lector desconcertado se preguntará de dónde sale esa cifra si, como queda expresado anteriormente, la casa de los Luna tiene cuatro habitantes.

Sólo ha quedado por describir un sector de la casa que, no por ser menos importante, deja de tener su encanto. En el fondo del jardín hay una pequeña pero decentísima construcción que hace las veces de hogar canino. Es por demás bonita, con su clásico techo a dos aguas y ladrillos a la vista. Digna edificación destinada a ser habitada por un can de prestigioso pedigrí. El interior de la casita no hospeda a un perro de alta alcurnia. Más bien abriga a un simple ejemplar callejero, de poca estirpe y descendencia que llegó a la casa por obra y gracia de la casualidad –este dato es fielmente resguardado por la familia. Clark –tal es su nombre- es pequeño, de hocico prominente, orejas largas y desproporcionadas y cola extraña, como si le perteneciera a otro animal.

Clark es irremediablemente feo y los Luna lo mantienen a cobijo, en un precioso jardín de una magnífica casa que impide descubrir quién es el dueño de un ladrido (molesto, por otra parte). Nadie lo ha visto. La familia no lo nombra, ni lo muestra e incluso manifiesta tener ningún interés en criar animales.

He aquí donde los números comienzan a desdibujarse de manera antojadiza y ensucian lo que debiera ser un simple cálculo. Los Luna dicen ser cuatro habitando la vivienda. Niegan la existencia de un quinto integrante.

Soy tan incapaz de refutar enunciados matemáticos como de no contar historias que avergüenzan.

Dani Ditenco

Ilustración: Yadira Martínez
http://simplemente-yad.blogspot.com/
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Un lunático en el parque

Siempre fue duro cruzar ese parque en invierno. No sólo el frío dificultaba la empresa, también su aspecto, señorial e inmenso, agregaba cierta sensación de soledad peligrosa que nada facilitaba las cosas. Para colmo Pedro era un hombre poco amigo de los espacios públicos, mucho menos de los lugares en donde los extraños podían observarlo.

Como cada anochecer, Pedro volvía de su trabajo. Obligadamente debía atravesar el parque. Y si el frío era crudo de tarde ni hablar cuando el sol dabas sus últimas señales de vida. Caminaba recto, rápidamente, sin dar oportunidad a ninguna distracción ocasional. Solamente la despiadada temperatura lo interrumpía de a ratos, entumeciendo sus manos y resquebrajando su ya ajada nariz.

Una nochecita las cosas apenas cambiaron. Pedro sintió una voz que desdibujó la monotonía de sus caminatas. Escuchó un sonido corto, casi sin fuerzas, que se tradujo en las siguientes palabras: “Pedro tiene miedo”. Pedro simuló no escuchar la frase. Siguió su camino.

Veinticuatro horas más tarde el parque fue testigo de otra nueva manifestación sonora. Se sintió un franco y rotundo “Pedro tiene mucho miedo”. Esta vez el caminante frenó su marcha, miró a su alrededor pero no pudo divisar persona alguna. Una vez más, siguió caminando.

El día siguiente no variaron mucho las cosas. Pedro atravesaba el parque, el frío lo maltrataba y de nuevo la misma voz, saliendo vaya a saberse de dónde pronunciando un claro: “Pedro tiene más miedo”. Pedro detuvo su andar y visiblemente molesto comenzó a escudriñar su entorno inmediato. Un enjambre de ramas de árboles y arbustos oscurecía aun más el sitio. Era sumamente complejo divisar, sin internarse en medio del follaje, la presencia de un ser humano (incluso la de cualquier tipo de vida). Fue entonces cuando la duda lo invadió al punto de despertar un fuerte estado de excitación. Acto seguido respondió con un potente: “¿Quién anda ahí?” El silencio posterior fue tan perfecto que hubiese sido acertado decir que nadie había estado en el parque además de Pedro. Pero Pedro desconfió del silencio y volvió a la carga: “¿Quién se esconde detrás de los árboles?” Nadie respondió. Sería el final de esa noche en el parque para Pedro.

El cuarto anochecer no hacía menos frío. Ni siquiera Pedro caminaba más lento ni más rápido. Todo parecía repetirse, incluso lo que Pedro sospechaba, de nuevo la voz cercana y precisa: “Pedro se muere de miedo”. En esta ocasión Pedro eligió desestimar los dichos y no responder ni una sola palabra. Tampoco se paró a reconocer el terreno. Siguió caminando, algo más ligero y nervioso.

La última noche de la voz en el parque puede catalogarse de recurrente. Pedro oyó por quinta vez un sonido inconfundible: “Pedro ya está muerto de miedo”. Sólo quebró el posterior silencio una larga carrera de Pedro sin voltear la vista hasta abandonar el lugar.

Al día siguiente, Atilio, el “loco del pueblo”, fue devuelto al psiquiátrico desde donde hacía cinco días se había fugado.

A Pedro le sigue costando atravesar el parque en invierno. Sobre todo, si una voz que supo hablarle vuelve a decirle alguna verdad.

Dani Ditenco
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La apatía del mono

Evitaré citar, en este relato, la procedencia de la protagonista del mismo, como así también su nombre. Estimo oportuno tal proceder en beneficio de la protección de su identidad (cuestión que me parece correcta). Para nombrarla usaré “Chica H”. Sabrán comprender mi discreción.

Cada tarde “Chica H” visitaba el zoológico de su ciudad. Una especie de rutina autómata la llevaba a eso paseo idéntico, día tras día, sin siquiera cuestionar el origen de esa necesidad.

Siempre fue una joven introvertida, ensimismada y con una alta dosis de baja autoestima. Se veía –y se creía- fea, poco deseable para los hombres. Fue tan siniestro su convencimiento que de a poco se alejó de la vida social y se recostó en una soledad peligrosa.

Como dije antes, cada tarde paseaba por el zoo. Y casi sin notarlo, se detenía subrepticiamente en la jaula de los monos. En realidad, del mono (hacía un tiempo que había muerto su compañera). “Chica H” miraba al primate de manera exhaustiva, con una mirada penetrante propia de las personas que buscan una respuesta en los lugares inapropiados.

La escena comenzó a repetirse. Seré más preciso si digo que las excursiones sólo tenían el único propósito de enfrentar, cada tarde, esa misma jaula. No tardó en nacer lo que podríamos llamar cierta relación entre mujer y animal. El mono comenzaba a devolver las miradas y ella sentía -con razón- que alguien se interesaba en su persona.

Pero las acciones y reacciones no son siempre fáciles de catalogar. Mucho menos de analizar, con algún atisbo de sensatez y cordura, cuando emergen de esta extraña situación. La joven sentía ser reconocida por el animal; el mono se comportaba cada vez más salvajemente (cosa obvia, por otra parte). Se estimulaban mutuamente: ella fantaseaba ser otra mujer haciendo poses extravagantes; el mono encontraba un tipo de estimulación menos sofisticada. La mujer pretendía olvidarse por un rato de su fealdad incurable mientras el animal sustituía –o eso parecía- a su antigua compañera de cautiverio. Todo ocurría con la sola interposición de los barrotes.

Cierta tarde el mono comenzó a cambiar su comportamiento. Lentamente, y con el correr de los días, el animal mostró signos de menor ferocidad o, quizás, de desenfreno por la joven. “Chica H” notó que en cada encuentro su amigo perdía el interés por verla, incluso a veces parecía ignorarla por completo. Si algo le faltaba a la muchacha era que hasta el mono la ignorara. De manera que los temores por la imagen y la eterna soledad retornaron a su persona hasta el grado de la desesperación.

Probó con ropas diversas, peinados extravagantes, maquillajes notorios. Nada. El primate ya no se excitaba. Apenas reconocía su presencia. Deambulaba por la jaula como si fuese otro mono. Perdido, desganado, triste.

“Chica H” abandonó la rutina. No fue más al zoológico. Ni siquiera se la ve por las calles.

El mono sigue solo y sin rumbo. El veterinario del zoo ha confirmado que su ceguera no tiene retorno.

Dani Ditenco
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El cielo es un círculo

Y allí marchó José Miranda, tras una idea un poco loca, algo disparatada tal vez. Varios lo miraron con recelo, esa bendita postal de la arrogancia vulgar. ¿Alguien podía impedirle hacer realidad sus sueños? Nadie, excepto él mismo.

Una tarde de antaño comenzó a diagramar en su cabeza cierta teoría sobre la redondez de nuestro mundo. Dirán, pedazo de novedad su teoría. Pero atención, la idea de su redondez no se limitaba a un globo terráqueo. Iba más allá. Y cuando escribo “más allá” no es por simple uso de una figura retórica.

Tendido en el césped de una plaza montevideana, José imaginó un mundo redondo. Nunca creyó en los rectángulos ni en los cuadrados, eran como una amenaza para la humanidad. Las rectas necesariamente debían morir en algún punto; el infinito no cabía en su mente esférica. ¿Por qué pensar un lugar en donde todo tenga un fin? El círculo es permanente, interminable, inmortal. Las líneas rectas estrechan la imaginación, la circunscriben a un destino inequívoco y falso y, por paradójico que parezca, la certeza de un final es el principio de una mentira.

Sus elucubraciones lo habían subyugado. Fue presa de una emoción incontenible. Brotaban sin cesar imágenes angulares que metamorfoseaban en inquietas esferas. La rigidez se perdía en grandilocuentes círculos repletos de sensaciones de libertad y crecimiento.

Dejó su estado de levitación horizontal en el pasto para comenzar a caminar sin sentido estricto. Se dejó llevar por el éxtasis de sus fantásticas creaciones.

Anduvo unos pasos en línea recta hacia la calle. Sin mirar pisó la calzada. Jamás divisó el autobús que va directo al puerto. Éste lo atropelló, arrastrándolo en lo que fue un segmento de veinte metros. Su cuerpo se desplomó perpendicular a la acera, formando casi un ángulo perfecto de noventa grados.

El cielo lo espera. Deseo que sea un círculo.

Dani Ditenco
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Viento infame

La anécdota podría comenzar por su lado más pueril, acaso por revelar algún detalle mínimo que al obviarlo se haría un acto de justicia. No seré justiciero en estas líneas aunque intentaré ser fiel a los principios del buen gusto –si es que tales principios existen.

Isabelino “Chicho” Gómez gozó de cierta gloria en sus años mozos. En un pequeño pueblo de Paraguay –donde nació, creció y jamás abandonó-, este hombre supo encandilar a propios y extraños con sus exquisitos destellos en el arte del balompié. Gran jugador de fútbol, tanto por su habilidad endiablada como por su elegancia al caminar sobre el campo. Los rivales lo admiraban no sin atiborrarlo a patadas violentas y sometiéndolo a otro tipo de severos “cuidados” en su marcaje. Es verdad, el fútbol guaraní no anda con pequeñeces a la hora de atizar piernas enemigas; eso sí, nadie duda de su calidad. Prueba de esto es la existencia de jugadores de la talla de Isabelino que, esquivando golpes y argucias, supo demostrar en las canchas de qué está hecho un verdadero jugador.

Pero el tiempo suele ser tirano. Llegó, como de costumbre, el momento en que Chicho debió colgar sus botines. Así lo hizo, con treinta y ocho años recién estrenados. Muchos son los que dicen que apresuró su retiro; otros, los más cerriles, afirman que la edad poco tuvo que ver en su decisión. Soy de los que se han enrolado tras las huestes de la primera versión; sin embargo, citaré un breve relato (de un conciudadano de Chicho y cronista de un periódico local) en donde se intuye la verdadera causa del final de la carrera del astro. Lo escuché tal cual lo transcribo:

“Chicho jugaba el clásico del pueblo. Partido muy duro y con resultado incierto. Pero lo más duro no era en sí el encuentro sino el caótico tiempo que hacía esa tarde. Un viento inoportuno y fortísimo cruzaba el campo de juego en ráfagas persistentes.
Chicho Gómez no paraba de pedir el balón. Una y otra vez encaraba a sus marcadores; una y otra vez era derribado a base de faltas desleales.
No está demás decir que Chicho ya no era joven (para el fútbol me refiero) y que los estragos del tiempo había hecho mella tanto en sus piernas como en su cabellera. Las patadas le dolían cada vez más; el peine hacía tiempo que no peinaba sus pelos inexistentes. El dolor lo disimulaba como nadie; la calvicie, bajo un discreto bisoñé de oscuro color.
A pesar de las inclemencias meteorológicas y las propias por el paso del calendario, nuestro gran jugador siguió elegante en la cancha, dominando la pelota como nadie, mirando altivo su objetivo final: la portería contraria.
En un momento crítico del encuentro recibió el balón, sorteó a un rival, esquivó una patada mortífera y se encaminó hacia el área. Si digo que parecía un bailarín no estaré exagerando. Nadie podía evitar su camino al gol. Ningún mortal pudo hacerlo esa desdichada tarde. El viento sí. Cuando Isabelino “Chicho” Gómez estaba a punto de rematar a gol, una furibunda ráfaga ventosa acabó con su sueño. Chicho no convirtió el gol, ni siquiera pudo patear al arco. Se limitó a abandonar el terreno de juego y dar paso a un compañero del banco de suplentes para que lo sustituya. Nunca más pisó una cancha.”

No pude quedarme con ese relato que, para mi humilde opinión, estaba incompleto. Rogué al cronista que me diera más detalles que pudieran cerrar la historia. Se negó sistemáticamente. Sólo obtuve de él la mención del nombre del jugador que tuvo la inesperada tarea de reemplazar a Gómez. Di con ese hombre y a la vez con lo que buscaba. Me contó lo siguiente:

“Chicho se me acercó de golpe al banco de suplentes. Tomó su peluquín que había caído en mis manos luego de la terrible ventada. Me miró serio y dijo: es su hora hijo, entre y gane el partido.”

Sigo siendo devoto del tiempo. Del paso del tiempo. Esa es la verdadera causa del retiro de Isabelino.

Dani Ditenco
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Elvis Vive

Su Guayaquil natal y sus padres así lo bautizaron: Elvis Vive, hijo de Galo Vive y Alexandra Rodríguez.

Desde muy pequeño, Elvis mostró probadas aptitudes para la música. Digo más: con sólo seis años tocaba la guitarra y no lo hacía mal. Además, poseía una voz muy potente y, para más datos, dotes artísticas bien notorias.

Cuando cumplió trece ya destacaba por su poder en los escenarios –escolares por ese entonces-. Cantaba acompañado de su guitarra y con unos movimientos corporales impresionantes. Era pura energía arrolladora.

La fórmula vino a completarse con apenas dieciséis años sobre sus hombros. A la voz poderosa, el baile frenético y la ejecución rabiosa de su guitarra (ya eléctrica) aderezó con la autoría propia de un repertorio de rock que estremecía. De ahí al estrellato poco quedaba.

Nada entorpeció su ascendente carrera. Con veinte años ya contaba con tres discos grabados y unas centenas de miles de copias vendidas.

Si bien la fama, el dinero, las ventas y los discos iban en fenomenal escala ascendente, Elvis nunca fue cobijado por la crítica musical. Es cierto, todo en la vida no puede lograrse. Para ilustrar esta idea, paso a citarles algunos conceptos vertidos por afamados periodistas acerca de nuestro personaje en cuestión.

Robert Lara (redactor que basó su prestigio en denostar a cuanto nuevo cantante surgía) dijo de Elvis: “Si bien este joven pone empeño sobre el escenario, canta y toca la guitarra aceptablemente y compone de manera correcta, nadie puede negar que su meteórica carrera siempre estuvo influenciada por el fantasma de su nombre. Si se llamara Juan Vive, nadie se acordaría de él.”

No fue más benigno el comentario de Ramiro John Gómez (crítico cizañero si los hay entre toda la especie): “Vive es un marcado ejemplo de la ineptitud auditiva de la inmensa masa juvenil que dice escuchar música. Este hombre sólo ostenta llevar un nombre que hace juego con su apellido. En cuanto a su obra, dista bastante de semejarse a lo que llamaríamos talento.”

Continuar con otras palabras vertidas sobre Elvis sería un ejercicio por lo menos de mal gusto. Hay que reconocer que la gente que lo ha criticado con rudeza no deja de tener una visión despojada de emotividad. Quizás la crítica deba cumplir con ese requisito indispensable, que nos salvaguarde de todo intento por hacer alabanzas gratuitas provenientes de profundos e inexplicables sentimientos.

Ahora bien, yo sigo escuchando los discos de Elvis y sigo pensando, que de no haberse apellidado Vive, su música sería igual de valorada. Me acusarán de sordera musical incurable o de tendencia a la emoción fácil. Contestaré que Elvis vive más allá de su nombre.

Dani Ditenco

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Fama estropeada

Toda la vida huyó de su destino. Digo más: negó sistemáticamente ser quien era. Cuando las multitudes -ávidas de encontrar espejos donde reflejarse- pugnaban por acercarse a sus dominios, justo allí, este introvertido hombre desaparecía sin más.

Cuan injusto puede resultar el reparto de papeles en este mundo controvertido. Hay quienes matarían por un instante -aunque no sea más que eso-, un solo instante de fama; otros, en cambio, la tienen en la palma de su mano, la desprecian, la ignoran o, simplemente, eligen la sencilla tarea de seguir caminando como un simple mortal.

Nuestro insigne hombre no obtuvo un reconocimiento gratuito. Fue pionero en diseño de artículos que tenían la no insignificante tarea de sobrellevar ciertos males de mejor manera. Resumo: sus creaciones buscaban atenuar defectos físicos en las personas. Entre sus celebrados inventos encontramos las gafas que disimulan el estrabismo severo; el peine que logra acomodar la cabellera escasa cubriendo toda la zona de calvicie; los zapatos que, gracias a su efecto visual, evitan que un hombre con excesivo tamaño de pies sea descubierto; la camiseta que esconde vientres abultados. En fin, la lista es enorme y de probada eficacia.

Gracias a sus ideas, un sinfín de personas logró sortear miedos y resquemores, salió a la calle, enfrentó a la masa mezquina y prejuiciosa, afrontó la vida con la mirada altiva, orgullosa.

No corrió igual suerte el hacedor de toda esta dicha, el inmenso creador, el artista laureado. El gran inventor dio la espalda a la glamorosa fama. Desoyó a propios y extraños. Como ya he dicho, huyó de sí mismo y de su nombre: Beremundo Expedito Noriega no buscó aplausos ni reconocimiento. Acaso, ¿saben de alguien que haya inventado un artilugio que impida que el mundo conozca esos tremendos nombres de pila?

Dani Ditenco
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El amor y la música

Decidió recluirse sin más compañía que uno de los libros de Harry Potter y la discografía completa de Céline Dion – bueno, casi completa -. Pobre Sofhie. Desde la pequeña ventana de su cuarto apenas ve los amaneceres de Montreal. Incluso no abre las cortinas a propósito, en un intento manifiesto por cobijarse bajo una oscuridad tranquilizadora. Come poco, lo suficiente para no caer enferma.

El amor todo lo puede estropear. Sumida en un dolor profundo e impenetrable para seres de otra especie, incapaces de comprender el compungido ulular de un alma muerta, Sofhie se declara la persona más infeliz de la tierra.

Armand destrozó su corazón la mañana en que tomó el vuelo hacia Vancouver. Ella lo supo de inmediato; él apenas deslizó un tímido adiós.

¿Cómo salir de un agujero tramposo, meticuloso en artimañas, ciego de piedad? La angustia tomó el cuerpo de Sophie, la acorraló, humedeció sus recuerdos hermosos con pestilentes fragancias de fracaso. Sofhie sólo atinó a leer a Potter, como una autómata; y a escuchar a su cantante preferida. Una y otra vez, hasta embotar sus sentidos. No importaba. Cada palabra suave, cada entonación dulce, acaramelada de Dion, le sugería más dosis hasta caer presa de una adicción peligrosa.

Para colmo el libro no ayudaba con las sobre exposiciones empalagosas de la cantante. Al contrario, estimulaba su parte más pueril, ese compartimiento oculto de Sophie (y de toda la humanidad).

Una semana atrás, Armand tocaba suelo de Vancouver. Mala bienvenida: habían extraviado su equipaje. Hubo peores noticias: en su maleta perdida iba “Incognito”, disco de Céline Dion y, a la vez, favorito de Sofhie. Armand ni siquiera pudo decirle la verdad cuando intercambiaron monosílabos telefónicos. Ella lo sabía.

Hace una semana que no sale de su habitación. Duele perder un amor. Hay cosas que duelen más.

Dani Ditenco

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La camiseta exiliada

Lluís Borrell emigró de Badalona muy joven. Un amor iluminó sus días y detrás de su sol personal, huyó hacia Valencia. No sólo dejó sus afectos a unos cuantos kilómetros de distancia sino que hubo de soportar el peor de los castigos: no ver a su F. C. Barcelona en el Camp Nou. Dolores irremediables ¿quién puede juzgarlo?

El caso es que Lluís supo encontrar en la paella valenciana y en el carácter extrovertido de los naturales de su nueva tierra, motivos suficientes para distraer sus pesares. Tanto simpatizó con las costumbres valencianas que hasta se hizo un lugar para ir seguido al estadio de Mestalla. Sí: no olvidaba sus colores futbolísticos, pero esto no le impedía disfrutar de ver jugar al Valencia C. F. En definitiva, amaba el fútbol.

Pero las historias no suelen ser siempre felices. Lluís dejó Valencia sin dar explicaciones, de un día para el otro, sin motivo aparente.

Su novia ha sido una tumba desde entonces. Nadie ha podido sacarle palabra alguna. Quizás la vergüenza actuase como impedimento. Cierto es que ella jamás emitió siquiera un justificante por el abandono al que fue sometida. En cambio, quien relata este suceso, sí puede describir qué detonó el exilio de Borrell.

Viendo seguido al Valencia C. F., Lluís comenzó a maravillarse con un delantero que hizo las delicias de la afición “che”. Tanto lo sedujo su juego, su velocidad y sus goles, que en poco tiempo se declaró fanático del mismo. Al punto de ir a ver los entrenamientos del equipo infinidades de veces hasta lograr su objetivo: la camiseta del astro. Ardua tarea que tuvo su recompensa. Una tarde, a la salida de una práctica, pudo cruzar unas palabras con el jugador. De inmediato consiguió el ansiado premio: camiseta autografiada.

Las últimas palabras de Lluís Borrell en tierras valencianas fueron estas: “Gracias Piojo, por tanto fútbol. Te lo dice un fanático del Barça, que sufrió mucho tus goles pero que no ha hecho más que admirarte”.

Claudio “el piojo” López lo vio partir sin saber nunca que había declarado el exilio de un hombre.

¿Traición, desamor, pena, cobardía, mal gusto futbolístico? Lluís Borrell simplemente se fue. ¿Quién puede juzgarlo?

Dani Ditenco