Los cuadernos de Malte Laurids Brigge

header“…Pues estábamos de acuerdo en ese punto: no nos gustaban los cuentos. Teníamos otro concepto de lo maravilloso. Encontrábamos que cuando todo sucedía naturalmente las cosas eran todavía mucho más extrañas. Hubiésemos renunciado con gusto a ser transportados por los aires; las hadas nos decepcionaban y no esperábamos de las metamorfosis más que una variación muy superficial.”

Rainer María Rilke
Los cuadernos de Malte Laurids Brigge

Ciertos perdedores: Hálito en la madrugada

La noche perfecta puede ser aquella en que el alma de un hombre es ungida por la pura belleza de la compañía de una dama. Esto pensó el incauto joven que protagoniza las siguientes líneas.
Arrojado al encanto de la noche y de la conquista, el muchacho, no sin esfuerzo, logró dar con el paradero de una beldad que no tardó en responderle. Las luces enceguecedoras, la música a volumen casi insoportable, las dosis adecuadas de bebidas tonificantes, eran pues el marco que cobijaba a ambos, en un recinto apto para cualquier menester, menos para entablar un diálogo coherente.
Danzaron, rieron, cruzaron sugestivas miradas, lanzaron palabras sin sentido. Sin embargo, una distancia prudencial mantenía a los cuerpos no muy próximos. Incluso más, cuando la mujer decidió la vuelta al hogar, él sólo atinó maquinalmente a acompañarla, a su lado, sin siquiera tomarle la mano. Como no hubo resistencia alguna, supuso que el camino hacia la gloria estaba allanado.
Los inconvenientes de la ausencia de diálogo pueden traducirse en inoportunos hechos. Tanto es así que el regreso al hogar de la joven supuso una treintena de cuadras caminadas sin descanso. Cierto es que la promesa tácita de un final romántico todo lo ameritaba.
Llegaron al portal de la casa. Se miraron dulcemente. Y ocurrió lo que debía: tierno beso de despedida o de inicio de romance. El rostro de la muchacha decretó la primera opción. Un gesto de repulsión intempestivo deformó su cara. Giró de inmediato y se perdió para siempre.
Despuntaban los primeros atisbos de sol y el espíritu de un hombre enamorado vagaba sin rumbo. Una halitosis incurable lo despojó de su amor. Injusticias caprichosas de un destino que no siempre ha de dejarnos sin aliento.

Laurentino Keagan

La casa

“…un compadre típico, flaco y ajustado, que sólo sonreía con los ojos y eso en ocasiones excepcionales, y que no se quitaba el sombrero jamás, pues su saludo consistía en echarse el sombrero hacia la nuca. Era buen mozo a su manera; se planchaba sobre la oreja izquierda el pelo lacio, negro, y poseía unas buenas manos de haragán, de guitarrero y de acariciador cuyas uñas alargadas en los meñiques se orlaban de agresivo luto.”

La casa
Manuel Mujica Láinez

Han dormido al gigante

gigante
Aquel pequeño pueblo italiano recibió a un joven médico, proveniente de otro pequeño pueblo de América del Sur. A pesar de su baja estatura, este profesional tenía porte firme y mirada altiva. Llevaba destino definido: ingresar en el centro de salud local para desarrollar su especialidad, la pediatría.

Cuando emprendió el cruce del Atlántico imaginó un futuro diferente, un país desarrollado, una cultura de avanzada. Esos anhelos del hombre emigrante, a veces tan cercanos a la más pura ignorancia.

Atrás habían quedado los penosos días de la endeble patria, mezquina y ajena a las proezas de un espíritu sediento de bronces y hercúleas estatuas. Es dura la decisión de marcharse. Mucho peor es sentir que el sitio de uno está lejos de donde nació.

Con el cabo de los años de vida europea sólo hubo una certeza: su cuenta bancaria había crecido tanto como su soberbia. De la cercanía a la vida sencilla y los corazones simples, hubo pocas novedades. Eso sí, quién podría decir en su tierra natal, cuando volviese, que este pequeño hombre con gigante ego no sería digno de loas y sinceros elogios. Acaso era la prueba inexacta de cómo alguien quiere y puede triunfar, sin importar latitudes y meridianos.

Entonces ocurrió la vuelta. Mientras volaba, arrellanado en un cómodo asiento de primera clase, su bella esposa lo mimaba susurrándole al oído tiernas palabras. El médico bebía champaña a sorbos cortos, degustando el sabor de una bienvenida inolvidable. Sus modales se habían refinado –pensó-, qué enorme distancia de aquel muchacho pueblerino que no conocía más que el vino tinto barato.

El aterrizaje fue placentero. El aeropuerto, esquivo. Nadie esperó su llegada. ¿Un mal presagio? ¿La horda de viejos camaradas de noches había presentado la renuncia? Con qué pena mascullaba las intenciones de contarles de sus nuevas amistades italianas. De sus lujosas casas, de sus ropajes elegantes. De cómo este humilde médico, nacido en una tierra mediocre, era un acreditado personaje de la alta sociedad europea.

Y el destino siguió sorteando metas. Ya en el pueblo, el médico, a través de las ventanillas del automóvil de alquiler que manejaba, divisaba miradas esquivas. Quizás sea pura paranoia, se animó a sospechar. Sin embargo, los hechos fueron descartando cualquier atisbo de conjetura paranoica: la gente no parecía reconocerlo. Incluso más. Una vez comenzado el derrotero por las calles del pueblo, caminando de la mano de su esposa, comprobó no sólo que nadie lo saludaba sino que cada encuentro ocasional con vieja gente “conocida” lo hacía estremecer. Sentía una especie de fría brisa que se colaba por sus extremidades y le llegaba al pecho. Quizás, la certeza de algo que hiere como la más filosa de las dagas: el total anonimato que sufre quien supone para sí ninguna otra cosa que reverencias y cortejos de seguidores.

Fueron una treintena de conciudadanos que ignoraron al prestigioso profesional. Abatido (y sin mencionarle nada a su compañera) pensó en recluirse de tanta apatía y emprender, lo más rápido posible, su regreso a Europa. Allí, el destino volvió a torcerle el brazo. Doblando por una de las esquinas, divisó a un hombre sentado en el zaguán de una casona antigua. La sorpresa tomó a ambos de improviso ya que de inmediato reconocieron sus rostros. El hombre –barbudo, harapiento y maloliente- se paró y se acercó al médico para pronunciarle: “Hola, Rulos, cuánto hacía que no te veía por acá”. El médico ignoró el saludo, al dueño del saludo y siguió su caminata, acariciando su pelo engominado, sin volver la vista atrás.

La tristeza no cupo en su corazón enorme. Ni siquiera las pobres palabras de un olvidable linyera pudieron mellar la dicha de su espíritu superior. Tampoco el recuerdo –difuso, pero recuerdo- de una cabellera ondulada, libre en el viento de esas calles que, vez alguna, supo encontrar el saludo amable hasta de un alma pordiosera.

Dani Ditenco

Ilustración: Fernando Boris Kriguer
http://www.flickr.com/photos/fernandokriguer/

Ciertos perdedores: Amor visceral

Mi entrañable camarada de letras y bares, mi queridísimo Dani Ditenco, ha tenido la ocurrente e inapropiada idea de sugerirme participar en este espacio -su espacio- destinado a narrar historias que no escapan de la ficción más simple. Este blog, que con tanto esmero y no pocas horas de insomnio ha pergeñado, servirá de conducto para acercarles breves relatos, que tienen la modesta misión de develar una serie de hechos desdichados, o mejor dicho, una serie de historias cuyos personajes han sido alcanzados por la vara de la desdicha.
Me he tomado el atrevimiento de nombrar a esta sección “Ciertos perdedores”. Acaso un título poco pretencioso, al igual que el contenido de las líneas que, a continuación, quedarán a vuestro inexpugnable criterio. Dejo en sus manos la primera (es posible que la única) narración.

Amor visceral
O cómo el hombre sufre el sentimiento en su cuerpo

Traeré aquí una breve historia que involucra a dos almas en fuga -puede que a una sola. Remontémonos a una noche muy fría, desapacible. El interior de un automóvil cobijando a una pareja de adultos con efervescentes intenciones.
Así fue como el caballero que cortejaba a la dama, en ese gélido habitáculo, tuvo la arriesgada idea de comunicar su amor y perderlo. Todo en un mismo acto de repentino desborde. Tan entregado estaba el hombre a su tarea, que no midió esfuerzos de ninguna naturaleza, abocado pues a una empresa que se le antojaba irrenunciable.
La dama, en tanto, absorbía incrédula las mieles de un romanticismo extremo. Su ser era abrasado por un fuego incontenible que manaba de ese muchacho alocado y elevado a los altares de la lujuria.
Y el hombre supo que el amor se termina, incluso antes de que haya comenzado. En el momento en que declaraba su pasión, en ese preciso instante fatídico, comprendió que lo mejor era huir, dejar ese incómodo lugar de la vergüenza. Sería mejor que ella jamás supiera que un mal intestinal imprevisto había cavado un hondo hoyo entre ambos.
Él corrió hacia lo profundo de la noche sin mirar atrás. La mujer debió conducir un coche que no era suyo y asimilar una fuga que nunca comprenderá.

Laurentino Keagan

El lado oscuro de los Luna

el lado oscuro

En ciertas ocasiones, contar historias no suele ser un trabajo agradable. Menos aún, cuando los detalles que pueden aparecer en las mismas describen hechos y conductas poco cercanos a la decencia.

La familia Luna tiene una casa grande, con amplios ventanales que miran hacia un hermoso jardín repleto de flores. Vive en un barrio de alto poder adquisitivo y, sinceramente, su hogar no desentona en dicha zona. La casa es bella por donde se la mire. Su decoración es sobria, elegante y de mucha categoría. Además, la importante presencia de madera hace que a la elegancia se le agregue calidez, sin que una desentone con la otra, sin que el predominio de una pudiese palidecer las virtudes de la otra.

Los Luna son cuatro –si hacemos un número exacto de personas que dicen formar la familia. El padre es alto, delgado, con esa clase de porte digna de admiración. Camina con la cabeza erguida y habla pausado, con un tono firme y sereno de voz, a la vez convincente. Tiene un clásico tipo de belleza: todo en su rostro es armónico, como delineado por un artista que ha buscado en su obra la síntesis de la sutileza.

La esposa es un claro ejemplo de cómo una señora debe conducirse por las pasarelas de la distinción. Viste maravillosamente simple; virtuosamente distinguido. Pero su vestir no es sólo lo que destaca en ella: su rostro es frágil, delicado. Si su nariz desafía la perfección, sus ojos grises matizan un cuadro que no pasaría inadvertido en colección alguna.

Qué decir de los hijos. El mayor es fuerte, vivaz, simpático. Luce una cabellera rubia ondulada, caprichosamente luminosa. Se expresa con la eficacia de un diplomático de carrera. Sonríe y el mundo cae rendido sin contemplaciones. El menor no necesita encantos adicionales, le basta su mirada límpida y esa angelical cara que encandila hasta al más ciego de buen gusto.

Antes he dicho que cuatro era el número familiar declarado. Hago aquí un paréntesis e intento explicar el porqué del esmerado empeño de una ciencia exacta, como la matemática, en establecer que cuatro más uno es igual a cinco. No siempre las cuentas tienen la irreprochable exactitud de un resultado. La lógica –y la ciencia- dirán que habiendo cinco vidas en un hogar, la suma de dichas vidas no podría dar nunca cuatro como resultado. Sin embargo, el lector desconcertado se preguntará de dónde sale esa cifra si, como queda expresado anteriormente, la casa de los Luna tiene cuatro habitantes.

Sólo ha quedado por describir un sector de la casa que, no por ser menos importante, deja de tener su encanto. En el fondo del jardín hay una pequeña pero decentísima construcción que hace las veces de hogar canino. Es por demás bonita, con su clásico techo a dos aguas y ladrillos a la vista. Digna edificación destinada a ser habitada por un can de prestigioso pedigrí. El interior de la casita no hospeda a un perro de alta alcurnia. Más bien abriga a un simple ejemplar callejero, de poca estirpe y descendencia que llegó a la casa por obra y gracia de la casualidad –este dato es fielmente resguardado por la familia. Clark –tal es su nombre- es pequeño, de hocico prominente, orejas largas y desproporcionadas y cola extraña, como si le perteneciera a otro animal.

Clark es irremediablemente feo y los Luna lo mantienen a cobijo, en un precioso jardín de una magnífica casa que impide descubrir quién es el dueño de un ladrido (molesto, por otra parte). Nadie lo ha visto. La familia no lo nombra, ni lo muestra e incluso manifiesta tener ningún interés en criar animales.

He aquí donde los números comienzan a desdibujarse de manera antojadiza y ensucian lo que debiera ser un simple cálculo. Los Luna dicen ser cuatro habitando la vivienda. Niegan la existencia de un quinto integrante.

Soy tan incapaz de refutar enunciados matemáticos como de no contar historias que avergüenzan.

Dani Ditenco

Ilustración: Yadira Martínez
http://simplemente-yad.blogspot.com/
http://www.behance.net/leyad

La peste

“En general, hasta las cuatro de la mañana no se hace nada y se duerme aunque la noche haya sido una noche de traición. Sí, se duerme a esa hora y esto tranquiliza, puesto que el gran deseo de un corazón inquieto es el de poseer interminablemente al ser que ama o hundir a este ser, cuando llega el momento de la ausencia, en un sueño sin orillas que sólo pueda terminar el día del encuentro.”

La peste
Albert Camus

Marta Riquelme

“Las pasiones, pues, de Marta, son las de una niña, las de una mujer, las de una anciana, y las de los hombres inclusive, mas carece de pecado, de pecaminosidad para precisarlo mejor. Ama, aborrece, lucha consigo misma, se expresa en ocasiones con una libertad de ideas y hasta de palabras que asombra, pero ¿la inocencia no roza con frecuencia los temas más ásperos e hirientes, los puntos más sensibles de las prohibiciones morales?

Marta Riquelme
Ezequiel Martínez Estrada

La hoja roja

“El viejo Eloy le dijo repentinamente si sabía los días que vivía un hombre que muere a los setenta y cinco años, y el cura respondió que no, y el viejo Eloy le dijo que más o menos, sin quitar las horas de sueño, unos veinticinco mil y pico, y el cura agregó entonces que la vida era un soplo, pero que los hombres se llenaban de codicia como si hubieran de ser eternos.”

La hoja roja
Miguel Delibes

Las pisadas misteriosas

“Su verdadero nombre lo ignoro –continuó el otro plácidamente-; pero algo conozco de su fuerza para el combate y de sus problemas espirituales. Me formé idea de la primera cuando trató de estrangularme, y de los segundos, cuando se arrepintió.”

Las pisadas misteriosas
El candor del Padre Brown
Gilbert Keith Chesterton