Fuera de cuadro

¿SABÍAS QUE…?

– Bud Spencer y Terence Hill son dos actores italianos que en realidad se llaman Carlo Pedersoli y Mario Girotti. Además Carlo Pedersoli (Bud Spencer), en su juventud, fue campeón italiano de natación y compitió en tres olimpiadas.

– Se dice que el hombre jamás llegó a pisar la luna. Es sabido que el director de cine Stanley Kubrick era un entendido de los diferentes tipos de lentes y objetivos para las cámaras. Para su película “Barry Lyndon” quiso rodar exclusivamente con luz natural y luz de velas. Para poder hacerlo necesitaba una lente especial que por aquel entonces solo tenía la N.A.S.A. Le permitieron usarlo a cambio de “dirigir” su alunizaje.

Por Javier Tripodi

Fuera de cuadro

Lo que no se ve en los créditos de un film, aquí podrás encontrarlo.

¿SABÍAS QUE…?

– Tom Selleck (“Magnum”) rechazó el papel de Indiana Jones antes de que Lucas y Spielberg se decidieran por Harrison Ford.

– Luke Skywalker pudo tener otra cara. Kurt Russell no pasó el casting al que se presentó.

– Jack Nicholson tuvo una infancia difícil. La mujer a la que él consideraba su madre, era en realidad su abuela. Y su hermana mayor su verdadera madre (quedó embarazada adolescente y la familia intentó ocultarlo).

– Johnny Weissmüller, el famoso campeón estadounidense de natación y actor que fue el rostro más popular de “Tarzán”, en realidad era rumano y murió desequilibrado creyéndose el propio Tarzán.

Por Javier Tripodi

Vincere (Marco Bellochio)

Un hombre que ha vivido doce años con un ideal -tanto más si es inconfesado-, cuando despierta se encuentra inevitablemente comprometido con su carácter y ya no huye del hábito de aquel ideal. Ahora bien, entre las muchas cosas monstruosas, el hábito de un ideal es feísimo. Y uno se corrige de todo, pero no de eso. Podrá tratar de cambiar la dirección de su ideal, pero nada más.
Por fortuna entre todos los hábitos espirituales -pasiones, deformaciones, complacencia, serenidad, etcétera-, el único que sobrevive a los días es la calma. Volverá.
Cesare Pavese

Una mujer, Ida Dalser, comparte la cama, los proyectos y los sueños con un Mussolini en ascenso. Ciega de algo que se parece al amor y a la pasión (para no ser ninguno), es correspondida en su aventura. Lo hace todo. Lo puede todo por ese hombre. Hasta vende su propiedad y sus joyas para que él pueda fundar Il Popolo d’Italia, instrumento de propaganda perfecta para el ultranacionalismo.

Ida tiene contacto con el Mussolini germinal, el que busca su lugar en la política, el que es vibrante, histriónico. El que se siente más que Napoleón quien, al fin y al cabo fue sólo un general. Esa mujer, Ida Dalser tiene un hijo que es reconocido por Mussolini y se dice, se piensa o se cree su primera y legítima esposa. Aquél hombre toma distancia. Son otros sus deseos y otro el entorno que elige. Otra su familia verdadera.

Ida se siente decepcionada, estafada tanto en lo económico como en lo humano y comienza una persecución. Lo sigue con cartas y demandas gritadas frente a sus oficinas. La respuesta no se hace esperar, es encerrada y custodiada en una casa donde Benito padre concurre a visitar a Benito hijo. Allí viven con el hermano de Ida y su cuñada. Escondiendo documentación en un gallo embalsamado.

Todos los sentimientos de Ida se trastocan y devienen en obsesión. Es angustia y demanda. Se hace ira. Desborda. Mussolini no precisa forzarla para que Ida termine en un manicomio. La locura es su lugar. Ha dejado de interactuar para encerrarse en sus verdades.

Un tiempo después, a su hermano le es quitada la custodia de su hijo y el pequeño Benito pierde su apellido. En un internado al que es confinado, como única protesta, estrella contra el suelo una imagen de Il Duce. No puede ver a su madre y le manda sólo cartas dictadas. Ida sufre la imposibilidad de vivir el hoy empeñada en la lealtad a un pasado y la necesidad de asegurar el futuro de su hijo. El joven Benito, transformado por obra de la burocracia en Benito Dalser, es un jocker operístico de poca monta.

Los años de persistencia de Ida traen rebotes inevitables: su hijo es internado en un psiquiátrico por alegar ser hijo de Il Duce. La muerte, esperada, explicable, sobreviene sobre los dos. Nadie aclara si era verdad o mentira lo que Ida proclamaba. O si la locura transmitida como un gen fue el estigma de una mujer y su hijo que fueron deseantes de un destino diferente. Tampoco importa. Lo que importa es que Ida está deshaciéndose en infinitos jirones ante nuestra impotencia. Algo está destruyéndose ante nuestros ojos.

Sufre la imposibilidad de rescate de un amor que nunca se hizo palabras, Benito nunca dijo en italiano que la amara.

¿Jocker operístico? Todo el film es una ópera que revisita desde lo documental y desde lo humano la bitácora de la pasión. De la pasión de un hombre por el poder, de la pasión de una mujer por un hombre y de la pasión de un Jesucristo omnipresente en la Italia de ese entonces. Un Jesucristo que muere en la cúpula de un hospital y un Jesucristo que renace a cada momento para ser cruz y calvario.

La belleza de los trajes de modelo de Ida en Milán, en su juventud, contrasta con los otros trajes: los uniformes militares, los hábitos de las religiosas, el traje negro de los custodias, el chaleco de fuerza.

También está el cine como elemento de registro. Las escenas que se ven en pantalla cobran tenor para Ida, desde el cine mudo al sonoro. Ella y su hijo, los dos locos, se alimentan del viejo cinematógrafo manual.

Por último, los rostros como viñetas móviles del estado de ánimo: de la pulsión, del abandono, de la inminencia de la enfermedad, de lo siniestro son otra forma de narrar.

Bellochio es excesivo, cruel, esteta. Sus actores son formidables. Su director de arte es brillante.

Si es cierto que nos acostumbramos al dolor, ¿cómo es que con el paso de los años sufrimos cada vez más?
Cesare Pavese

Por Laura Alejandra Bravo
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Cine Independiente Argentino – Los Santos Sucios (Luis Ortega)

Noticias del mañana

El epígrafe inicial reza que la guerra quedó atrás dejando a la deriva a hombres que no han sido recogidos por las fuerzas del orden. Post caos, para esos parias, sólo queda la esperanza de cruzar el río.

En una ciudad, tal vez Buenos Aires, quizás cualquier otra, un joven que no sabe su edad (Luis Ortega), comparte su vida desde hace años, tal vez décadas, con Rey (Alejandro Urdapilleta). Ambos duermen sobre un mismo colchón, salen sólo de noche y ordenan sus vidas conforme al ritmo de las campanadas de una iglesia abandonada.

A la empresa de cruzar el río se unen Berny, el amo del campanario, quien odia y ama por igual tanto a su campana como a las palomas. Definido por el muchacho como el más inteligente y el más débil conserva su carta natal en el cuarto donde duerme.

El Mudo, infranqueable, no puede ser obviado porque posee la manija, un picaporte común que nadie sabe qué abrirá. El Mudo es un caminante nato y en una de sus recorridas se topa con un pequeño freak que será el último miembro del contingente.

Párrafo aparte merece Monito, la última mujer, que sólo busca ser amada y que trepa por las paredes alternando entre la complacencia, la violencia y la animalidad extrema. Una adolescente, uno imagina que apenas había nacido cuando aconteció la guerra y que por eso es tan carente de urbanidad.

El guión, escrito por Ortega y Urdapilleta es funcional y seco. Nadie pronuncia una palabra de más. El cuadro a cuadro regala escenas maravillosas como el Mudo caminando bajo las estrellas, los viajeros atravesando el bosque y ese viento que les troca los rostros en deformidades que superan lo visual para ser agujeros de incertidumbre y angustia.

La fotografía tarcovskyana, si se me permite el neologismo, elegida ex profeso por Ortega favorece la construcción del clima apocalíptico, austero y tan quebrado de nada en el que se mueven los personajes.

No es una película fácil. No es una película complaciente y, sin embargo, mantiene la tensión dramática hasta el final. Hasta que Monito, abandonada en la ciudad, hace estremecer el campanario en un golpeteo furioso y brutal.

Luis Ortega llega a esta película tras la notable repercusión de Monobloc (2004) y Caja negra (2001). Los santos sucios se estrenó en el contexto de un pequeño escándalo en el BAFICI 2010. La película sortea con creces el desafío de ser la tercera película de autor en un género poco transitado por la filmografía local como la sci-fi.

Leonardo Favio dijo alguna vez que Luis Ortega era su sucesor. Quizás lo haya dicho por las formas que, en uno y otro, adopta la tragedia. Pero en Ortega es tensa, morosa, crudelísima y sutil. Una tragedia que corroe lento porque, a diferencia de las películas de Favio, no sabe de muerte pero adolece de futuro.

Por Laura Alejandra Bravo

Flame y Citron (Ole Christian Madsen)

¿Recuerdas cuando llegaron?
¿Recuerdas el 9 de abril?
Flame

La acción arranca en Copenhague en Mayo de 1944. Flame y Citron forman parte de un grupo de resistencia armada contra la ocupación nazi. Ambos comparten el desprecio hacia sus connacionales que unieron fuerzas a los alemanes, los daneses agazapados que esperaron a que el ejército hitleriano hiciera pie en territorio danés para confesar su germanofilia.

Flame cuenta con una gran destreza para cumplir con sus objetivos. Entra en la escena en la que llevará a cabo un asesinato y sale como si nada hubiera sucedido. Citron tiene otro temperamento, la eficacia de su trabajo consiste en estar siempre alerta entonces toma pastillas y alcohol para no dormir. El grupo de la resistencia es heterogéneo y está comandado por un tal Winther, abogado, que dice recibir órdenes de los ingleses.

En una celebración de metas cumplidas Flame conocerá a Ketty Selmer quien dice ser fotógrafa de modas. Comienza a seguirla, entra en un hotel de alemanes donde Ketty vive. Ella se defiende diciendo que trabajan para un mismo bando y comienza entre los dos un juego de seducción.

Cuando llega la orden de matar a una mujer Flame se resiste, lo intentó antes pero se orinó encima. La mujer aseguró no ser una informante sino una amante traicionada y Flame le creyó, pocos días más tarde había entregado a sendos compañeros. Citron decide tomar la posta pero no puede, nunca antes había matado a nadie. Flame completa la ejecución.

Ésa es la primera muerte de una seguidilla de tres asesinatos. El segundo blanco es Gilbert quien domina a la perfección la psicología de sus adversarios al punto de plantear a Flame que la guerra no hace nada por los neuróticos. Cuando Flame se para a dispararle, Gilbert comienza a rezar el Padrenuestro y Flame se va.

El tercer objetivo es un soldado entrenado que esquiva el ataque y hiere a Flame. Winther no está conforme, Hoffman, su superior reclama unos documentos que Flame olvidó en casa de Gilbert.

Flame tiene una casa con caseros amigos y un ambiente acogedor. Citron tiene una familia que se despedaza y a la que mantiene con una confitura hojaldrada haciendo las veces de torta de cumpleaños para la hija. Citron trata de inducirlas a que viajen donde se encuentra la segunda resistencia, en Estocolmo, la esposa cree que no es tan simple, que Citron no está hecho para el matrimonio.

Mientras tanto el valor de la recompensa de Flame sube, la desesperación de Citron se incentiva y las mesas de negociación son las que determinan a quién se puede o no matar. La certeza de que hay un infiltrado en la resistencia va cobrando color, la Gestapo asesinó a tres compañeros. Hay escenas cortadas por otras en blanco y negro en las que se ve el avance de los alemanes sobre Copenhague.

Flame invita a cenar a Ketty por su cumpleaños, en la cena le cuenta acerca de una chica judía a la que protegía cuando estudiaba para cheff. Ketty le sugiere que cubra sus cabellos rojos, le confiesa su pasado de bailarina y el alivio que sintió con la guerra que le permitió hacer algo útil. Tienen sexo, pero está impregnado de la realidad que están viviendo. Ketty le pide que no mezclen sus vidas privadas con la guerra.

Pronto llegará a Flame la orden de matar a Ketty, se dice que es un doble agente, que Hoffman la acorraló y ella lo confesó todo. Flame va a su departamento y encuentra un dibujo de su rostro, la mujer le dice que es él quien está confundido, que lo dibujó porque lo extrañaba, que los británicos nunca aceptaron a Winther quien, en realidad, fue socio de Gilbert. Lo describe como un estratega de poca monta que está borrando sus propias huellas.

De aquí en más, la historia que se planteaba como un film de resistencia en tiempos de guerra, se transforma en un film negro, lleno de persecuciones y ejecuciones. Ketty traiciona a Flame y le da una información errada. Los muertos son inocentes, entre ellos hay un niño y Citron apenas puede soportarlo. La mujer le deja una carta, no hay explicaciones, dice que ha sido descubierta e irá a Estocolmo que es vista como el paraíso deseado.

Flame y Citron saben que lo único que pueden hacer para que su misión tenga sentido es matar a Hoffman pero, son interceptados y huyen. Citron con increíble valor, enfrenta la muerte en un hospital de campaña. Flame su suicida al saberse rodeado. ¿Adónde iremos cuando todo esto haya terminado? dice la postrera carta de Flame a Ketty.

Impecables actuaciones. Excepcionales planos del cabello de Flame flotando entre el gris y el negro de la ciudad y entre el verde seco del campo. Brillantes actuaciones. Hermoso e imperceptible trabajo de fotografía.

Por Laura Alejandra Bravo

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Mary & Max (Elliot)

“Me gustaría ser más inteligente o más certero, escribirte cartas maravillosas.”
(Bioy Casares a Elena Garro)

Mary Dimkle es una niña de ocho años, vive en Melbourne, Australia y su vida transcurre en una paleta cromática color sepia. Su madre es una bebedora de jerez, fumadora compulsiva y cleptómana. Su padre trabaja en una fábrica donde le colocan el hilo a los saquitos de té y, en sus ratos libres, practica la taxidermia. El trabajo de su padre ha llevado a Mary a soñar con un marido que se llame Earl Grey con quien tendría hijos y viviría en un castillo.

Max Horovitz tiene cuarenta y cuatro años, vive en Nueva York, Estados Unidos y le tocará moverse entre el gris, el blanco y el negro. Su padre los abandonó a él y a su madre y creció en un kibutz donde la mujer se suicidó. Tiene problemas con la dieta. Es ateo, está bajo tratamiento psiquiátrico y vive obsesionado con que nada altere su mundo. Viste conjuntos deportivos idénticos y reconoce un breve paso por el Partido Comunista. En su historia profesional se registran trabajos como recolector de residuos, elaborador de fideos kosher, etc.

A ambos les gusta el chocolate, aunque Mary también es asidua consumidora de leche condensada. Ambos tienen graves dificultades de relación con el mundo. Una desde Melbourne, el otro desde NYC, siguen un programa de tv llamado Los Noblets. Mary lo hace porque los personajes son marrones, viven dentro de una tetera y tienen muchos amigos y Max porque admira su organización sociopolítica y… porque tienen muchos amigos. Mary tiene en su repisa Noblets artesanales hechos de materiales tan diversos como huesos de pollo, mientras que Max tiene los originales.

En un paseo a la estación postal con su madre, Mary corta un trozo de papel de la guía americana y se lleva la página con la dirección de Max con la idea de buscar un penpal. Max empieza a recibir esa correspondencia con la que se siente complacido por la similitud de vivencias aunque no puede evitar acusar impacto de lo que implica para él la propia incapacidad de crear lazos. Una pregunta turbadora de Mary hace que Max, en un punto alto de su Síndrome de Asperger, se repliegue y termine en un neuropsiquiátrico.

Durante el tiempo en que están distanciados acontece el retiro del padre de Mary, su muerte y la decadencia de su madre que lo sigue en su camino hacia la tumba. Por su parte, Max gana la lotería con los números que repitió por años guiado por una persistente obsesión. El premio le sirve para darse algunos gustos: completar la colección de Noblets, comprar cantidades industriales de chocolate y regalarle el resto del dinero a Ivy, su vecina y único contacto con el planeta quien también muere al poco tiempo.

Cansado de la apatía que demuestra su imaginario amigo de la infancia, Max decide retomar el contacto con la muchacha y morigerar la presión que le impone la relación con medicación y el planchado prolijo de la correspondencia de Mary. En la carta de reencuentro viajará una galletita con forma de estrella que Mary sostendrá en su mano en las exequias de su madre. La galletita dice: “Love yourself first”. Mary arroja sobre el ataúd un anillo infantil que expresaba sus estados de ánimo y ese desprendimiento marca su pasaje de niña a adulta.

De ahí en más, Marx hablará de sus restricciones para sobrevivir en la ciudad, de su necesidad de silencio y limpieza, del implacable avance de la gordura.

Mary, en pleno reencuentro con su Narciso irá a la Universidad, se transformará en una estudiante exitosa escribiendo su tesis sobre Asperger y se casará con Damian que también tiene un penpal, un granjero de Nueva Zelanda.

La nueva posición de Mary le permite ganar dinero para ir a visitar a Max. Cuando Max recibe la noticia experimenta una de las situaciones de terror al contacto más grave que enfrentó en la vida y le envía a Mary un listado de palabras que describen sus emociones del momento. Acto seguido, desprende de la Underwood en la que tipea sus cartas la letra M y se la envía en el sobre.

Mary recibe la carta con las maletas hechas y entra en un profundo cuadro depresivo. Apenas si se atreve a mandar una lata vacía de leche condensada en la que escribe:”I´m sorry”. Se refugia en el alcohol, arroja sus libros en una picadora de papel y se distancia de Damian, quien la abandona por su penpal. En plena crisis, Mary encuentra el frasco de Valium que acompañó a la madre en su propia caída. Subida a una silla, a punto de colgarse, recibe el llamado de un vecino agarofóbico que vence su padecimiento para entregarle el paquete que ve desde la ventana y que es una gran encomienda de Max donde le ofrece su perdón, le envía su colección completa de Noblets y resume, en palabras simples, el deseo de que la vida los cruce a ambos para beber una leche condensada.

Mary está embarazada y el encuentro se pospone un año. Cuando Mary llega a Nueva York con su bebé descubre que Max ha muerto esa mañana con el rostro feliz a la espera de su amiga. Mary aprieta entre los dedos la M, de Mary y Max y levanta los ojos para ver sus cartas cuidadosamente alineadas en la pared.

Cuenta la leyenda que Adam Elliot, australiano introspectivo y director de este film, también tuvo su penpal durante veinte años, un americano enfermo de Asperger de quien sacó sus tics y su fingida sonrisa para construir el personaje de Max.

Amante del trabajo artesanal, Elliot descartó propuestas de Disney Pixar para seguir teniendo el control de su producción y no ser un empleado de los grandes estudios. Texto sobresaliente, técnica impecable y talento para los detalles. Las únicas notas de color son de un rojo robado a Schindler’s List.

Queda flotando cierto optimismo en el ambiente para quienes por años hemos sabido relacionarnos mejor a través del papel que frente a frente. Para quienes hemos construido, destruido y vuelto a erigir relaciones enteras desde el impacto fulminante, maravilloso y demoledor de la hoja en blanco.

Por Laura Alejandra Bravo

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Inception (Nolan)

Es ridículo decirlo, pero buena parte de lo que pasa es sueño, y no sé si he amado. Tal vez ni siquiera he escrito esa palabra.
Raymond Carver.

Esa idea de un laberinto perdido es algo mágico, porque un laberinto es un lugar en el que uno se pierde y no un lugar que se pierde. Por eso la idea de un laberinto que se pierde es doblemente mágica.
Jorge Luis Borges

Cobb despierta en una playa desierta, cuadro robado a sci-fi ballardiana. Hay espuma, lleva un arma y una pequeña perinola de metal. Pronto sabrá quién es y por qué está allí. Tiene un trabajo particular: trafica información, pero no data de computadoras ni carpetas confidenciales sino la que se produce en los sueños. La misión que lo espera, de la que no puede librarse, es un poco más compleja que las habituales. Parte de una teoría: si se puede hurtar una idea de la mente también se puede implantarla.

Cobb visita a un viejo maestro en busca de un colaborador y éste le presenta a Ariadne, a ella se le planteará la posibilidad de construir y diseñar todo aquello que no puede construirse en el mundo real, burlar las leyes de la física. Cobb le transmitirá los pequeños trucos de su oficio: la percepción del tiempo, la forma de comportarse en el espacio onírico, el hecho de que la muerte en el sueño implica despertar en el mundo real. Quizá, el truco más revelador consista en llevar un pequeño tótem. Una figurita que por consistencia y peso sirva para diferenciar los momentos de vigilia de los de sueño.

Con la integración de Ariadne el equipo de soñadores está formado. Deben introducirse en la mente del inminente heredero de un imperio y conseguir que lo divida. Saben que entre las ideas superficiales con las que podrían comenzar están sus percepciones acerca del capitalismo y la estructura de los monopolios pero eso no les sirve, deben bucear más lejos, deben llegar a su relación con el padre.

Desde lo visual Nolan nos llena de imágenes que remiten tanto a Freud como a Escher. Las estructuras paradojales cerradas son de una gracia y una imponencia manifiestas. Los mundos que caen, los que estallan y se destruyen son apoteóticos. Como se trata de una tarea importante y el cliente también quiere viajar usarán un sedante. De la semilla que implanten en la mente del heredero debe geminar la idea que cambiará su esencia.

Cobb tiene un problema adicional, su ex esposa intenta sabotear cada una de sus empresas, le reclama una palabra empeñada: la metáfora de un tren y el “envejeceremos juntos”. Ella decidió quedarse en un sueño, él lucha por recuperar a sus hijos en el mundo real. Ella estaba convencida de que ese mundo íntimo creado por ellos, donde vivieron por décadas, era el único lugar posible. Ergo, tendrían que suicidarse para regresar y así lo hace. Como táctica para inducirlo a la fuga deja una carta diciendo que él la mató.

El éxito y el fracaso se miden en no llevar proyecciones propias y en forjar los sueños trazo a trazo. La sedación extrema hace que, si quieren salir del sueño apelando a la patada (la que todos usamos para salir de nuestras pesadillas y caer en el despertar), asuman el riesgo de quedar atrapados en el limbo.

Mientras tanto vamos conociendo al hijo de Fisher, quien sólo guarda recuerdos tristes acerca de su padre y una palabra con la que cree que se define el vínculo: Decepcionado. El contexto no puede ser peor, lo que sigue de allí en más es una aventura donde la velocidad, la fragilidad de las construcciones y la destreza arquitectónica de los soñadores harán el resto.

Cuando el padre de Fisher muere, dentro de la caja fuerte hay un molinete de cartón, lejana alusión a Rosebud, el deseo de la infancia, lo que nos convulsiona de por vida, nuestro ontos y nuestro telos. En ese momento Fisher comprende la posibilidad del fraccionamiento del imperio como un acto de confianza del padre hacia él, hacia su propia posibilidad de volver a forjarlo. La promesa que el contratista ha hecho a Cobb, como pago, es una llamada a una persona de influencia para que pueda volver a su país sin ser acusado de homicidio. La llamada se ejecuta.
Cobb se reencuentra con sus hijos. Arroja a rodar su perinola tótem y salen al jardín.
Sin embargo…

Quedaré esperando la secuela, es la mejor idea desarrollada en fílmico desde la primera Matrix. Grandilocuente, inagotable, intransferible. Llena de tics y referencias a otros filmes, al propio Nolan, a otros tantos sueños y otros tantos soñadores.

Ariadna, sé prudente. / Tienes unos oídos pequeñitos, mis oídos. / Diles una palabra bien dicha. / ¿No habrá que aborrecerse primero, si debemos amarnos? / Yo soy tu laberinto… Nietzche

Por Laura Alejandra Bravo

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La Cinta Blanca (Haneke)

Un niño antisocial puede mejorar aparentemente bajo un manejo firme, pero si se le otorga libertad no tarda en sentir la amenaza de la locura. De modo que vuelve a atacar a la sociedad (sin saber qué está haciendo) a fin de reestablecer el control exterior. (Winnicott)

El estallido no asombra. Y no es que el asombro sea lo esperable sino que dentro de la cosmogonía de Haneke, la irrupción de la violencia es el elemento habitual con el que fractura el equilibrio de sus estructuras narrativas. Un bellísimo niño de cabellos claros ha sido objeto del daño. Elijo la palabra daño porque una de sus acepciones posibles se vincula con los maleficios más básicos. Y éste es un maleficio básico. Que después haya adquirido un grado siniestro de sofisticación no significa que en su irrupción original no haya sido hasta burdo y primitivo.

Haneke hace un trabajo comparable al de Freud en El malestar en la Cultura, sólo que en lugar de desvestirnos a Roma e invitarnos a contemplarla desde otra perspectiva lo hace con la Alemania de 1913. Rastrea las influencias destructivas de su pasado patológico.

Elige una de las tantas sociedades opresivas desperdigadas por toda Alemania a comienzos de siglo. No lo cuenta, pero nosotros sabemos que esa vivencia se está reproduciendo en simultáneo en otros tantos lugares del país. Habrá otros maestros testigos, habrá otras víctimas de la rigidez religiosa, habrá otras pequeñas bestias producto del conservadurismo, de la rigidez de las formas, de una tensión que se adivina hasta en la velocidad compulsiva y lineal del sexo y en el recibimiento del hijo nuevo.

El maestro es el veedor y el visir, hace el trabajo de investigador y es quien también intuye la naturaleza del mal. Un hombre sencillo, capaz de comunicar afecto, de expresarse a través del cortejo, de interesarse en el otro y comprometerse con ese interés.

El maltrato a los niños espanta a los mayores pero ese espanto no alcanza. Detrás del espanto yace la apatía de quien no quiere saber. La tan provocativa frialdad del discurso en Haneke y hasta su discutida ausencia de palabras caen de una vez y se manifiestan en el discurso del maestro. Pero, al remanido modo foucaultiano, es un discurso que se produce en un contexto que no sólo no está en condiciones de recibirlo sino que lo rechaza de manera abrupta y plana.

Y el visir queda sentado, ante las mil una noches de horror que sospecha. No habrá historias que nos libren del horror. Haneke nos priva de una Scherezade porque en su filmografía no hay esperanza. Las palabras dichas no tienen ni siquiera la categoría de enunciado. Caen sobre la mesa como un sintagma llano. Una sucesión de palabras que no adquiere ni siquiera la diminuta categoría de fórmula.

Pienso en la palabra maldición y en su connotación desiderativa. Cuánto más fácil era para quienes nos sentábamos en nuestras butacas comprender la gestación del nazismo desde la criatura del Gabinete del Doctor Caligari moviéndose torpemente sobre los fondos dibujados por el expresionismo alemán. Tal vez porque no se sugería el deseo del mal sino apenas su inminencia.

Haneke nos propone pequeños desvíos, el reverendo acepta que su hijo conserve un pájaro, el médico parece actuar en pos del bien.

Releo a Freud: La génesis de la actitud religiosa puede ser trazada con claridad hasta llegar al sentimiento del desamparo infantil. Es posible que aquella noche oculte aún otros elementos; pero por ahora se pierden en el relato. Ni siquiera puedo delimitar con exactitud quiénes son los niños de esta historia.

Los personajes de Haneke están privados de su libertad, previa a la cultura, dirá Freud y de esa privación surge la coacción. Primero se manifestará entre ellos. La cinta blanca precederá a la esvástica. Entonces el deseo será más grosero, más orgiástico, más desmedido.

La música, la influencia de lo pictórico en los fotogramas, el impecable trabajo de los niños la vuelven una película necesaria aun para quienes no estén dispuestos a comprender.

Como El Séptimo Continente, La Cinta Blanca iba a ser un trabajo para televisión. El azar fue generoso con los cinéfilos.

Al respecto de la película Haneke dirá: En cualquier sitio con represión, humillación, sufrimiento y agonía está abonado el terreno para que pueda desarrollarse el radicalismo. Hubo quien, al verla, pensó que se trataba de un filme en contra del protestantismo, lo que no podría ser más erróneo. Hay que verla con una mirada más amplia, porque lo que dice es que una idea puede ser buena o mala, institucionaliza, se vuelve peligrosa porque se convierte en ideología.

Alguien lo comparó con Dreyer pero no hay lentitud en Haneke, continuamente están sucediendo esas cosas que Dreyer parece postergar. Otros con Carpenter y su idea del mal, pero la brusquedad de Haneke, no tiene su anclaje en las imágenes. El trabajo hasta lascivo de Carpenter en la exposición de la violencia no es propio de Haneke que prefiere hacer gala de un trabajo más ritual.

Me libero de cualquier pensamiento crítico. Me desprendo de las citas. Me quedo sentada, junto al maestro, como si existiera alguna posibilidad.

Por Laura Alejandra Bravo
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La persistencia de un clásico: A Sangre Fría de Truman Capote

El 30 de septiembre de 1924 Truman Persons nace en New Orleans. Sus padres se pelean y lo abandonan por un tiempo en casa de cuatro ancianos a cuyos relatos y conversaciones él atribuye el gusto por narrar historias. Cuando su madre regresa, lo hace acompañada por un nuevo esposo cubano de quien tomará el apellido.
¿Sus intereses? Los dibujos, el baile, el cine y los libros.
Truman Capote estaba convencido de que cualquier buena historia de la vida real podía trasladarse a la ficción. Ya era un escritor consumado, todavía no era una celebridad pero ya había escrito “Otras voces, otros ámbitos”, “El arpa de hierba”, “Se oyen las musas” y “Desayuno en Tiffany´s”.
Confeso homosexual, periodista reconocido. En 1959 lee una nota periodística acerca del asesinato de la familia Clutter en Holcomb, Kansas. En ese momento trabaja para The New Yorker y le pide al editor permiso para trabajar en el caso. Acompañado por la escritora Harper Lee se traslada hasta el lugar del hecho donde hará sus investigaciones.
A Sangre fría se divide en cuatro partes. La primea se sitúa temporalmente en el día previo al asesinato de los Clutter, cuenta su vida provinciana, su apego religioso, su gusto por las pequeñas formas, la sencillez de sus vidas domésticas, la complejidad de sus vínculos. Granjeros generosos y sociables los Clutter no parecían tener enemigos a la vista. Hurbert, Bonnie, Nancy y Kenyon Clutter eran parte del entramado de un pueblo chato de los Estados Unidos de Norteamérica de mediados del siglo pasado.
En la segunda parte, Capote nos cuenta en paralelo qué es de la vida de Dick y Perry, los asesinos. Ladrones de poca monta, ex presidiarios, andan tras la quimera de un dato que recibieron en la cárcel. Un ex empleado de los Clutter los describe a la perfección y añade además un detalle: tiene una caja fuerte en su escritorio. Es así como dos personajes con tantos puntos de encuentro como diferencias emprenden la aventura de llegar hasta la granja de Holcomb.
En la tercera parte, Floyd Wells, a instancias de su confesor admite haber sido quien dio el dato para consumar la masacre y la policía sale tras ellos. Un viaje a México, la insatisfacción, la imposibilidad de conseguir más dinero trae a Dick y a Perry de vuelta a la ciudad donde serán detenidos.
En la cuarta parte se relata el proceso y la condena a la horca. La psicología de los personajes, ya expuesta en los capítulos anteriores es sometida a una vivisección espectacular. El proceso se dilata pero los acusados son llevados, por fin, a la horca en 1966.
Capote llega a Kansas cuando todavía se desconocía la identidad de los asesinos y se gana la confianza de policías e investigadores. Logra entrometerse dentro de un contexto conservador y obtiene los datos para su historia. En el camino lo acusarán de manipulador, de entrometido, pero su cuaderno de anotaciones va creciendo. Se nutre de detalles de tics, de pequeñas acciones, de datos ínfimos que tendrán una trascendencia crucial.
Va a entrevistar a los asesinos a la cárcel, se hace amigo de ellos. Empatiza o finge empatizar con los estilos y los modos de vida de sus personajes. Los desnuda y no se queda con nada en el tintero. Gracias a él sabemos de sus complejos, de sus relaciones con las mujeres, de su cosmovisión. La muerte próxima de los asesinos le llega a provocar ansiedad y hasta ciertos síntomas de depresión.
El estilo con el que está escrito “A Sangre Fría” carece de la frialdad con la que cierta non fiction novel se escribe en la actualidad. No carece de descripciones, de imágenes, de dosificados y oportunos recursos literarios.
“Se internaron hacia el norte de la hacienda hasta llegar a un lugar llano y pleno de un color único: el amarillo resplandeciente y leonado del rastrojo del trigo en noviembre.”
Todo el tiempo otro omnisciente, nos va contando la evolución del caso. Alguien dijo por ahí que el verdadero juego está en hacer crecer el morbo en el lector. Entonces, padeceremos también del morbo por la belleza porque la prosa es riquísima y el estilo le imprime velocidad y gracia. Hasta la violencia está dosificada y uno termina comprendiendo a todos, a los muertos, a los vivos, a los que reptan en el medio.
Los biógrafos de Capote dicen que fue en esta época en la que empezaron sus problemas con las drogas y el alcohol. Lo cierto es que, una vez editada su novela le valdría trescientos mil ejemplares vendidos y treinta y siete semanas en la lista de best Sellers del New York Time.
En “Música para camaleones” diría acerca de sí mismo: “Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio.” Casi al final de su carrera, en una conferencia en Harvard recitaría: “Soy Truman Capote, soy alcohólico, soy homosexual y estoy liquidado”. La concurrencia aplaudió de pie.
A Sangre Fría fue llevada al cine por Richard Brooks en 1967.
Dos películas recorren la experiencia de Capote en busca de su novela. Una es “Capote” (Bennett Miller, 2005), protagonizada por Philip Seymour Hoffman y la otra es “Infamous” (Douglas McGrath, 2006).
Me quedo con la brillante actuación de Hoffman.

El libro supera la categoría de clásico: inicia un género.

Por Laura Alejandra Bravo
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Collateral (Michael Mann)

En un taxi, dos tipos van durante toda la película. El pasajero es el súper conocido actor Tom Cruise; el taxista es Jamie Foxx. El pasajero es un asesino a sueldo que secuestra y pasea al taxista por varios puntos de una ciudad, en los que tiene que cumplir con su trabajo. Lo curioso es que el protagonista, a pesar de la asimetría de consagraciones y -es de suponer- de cachet, el protagonista, digo, es el taxista, ignoto negro de vuelo bajo en la vida, con principios de vida que conviven con la obediencia debida en la que queda envuelto. El pasajero (Tom Cruise) es el soporte, pero la historia está contada -casi- desde la subjetividad del taxista. Eso es interesante. Otro elemento saliente de la película es que invierte los estereotipos que indican que el negro es alguien proclive al delito y el blanco, trajeado y elegante, es la civilizada víctima.

Pero esto quería contar: hay una escena en la que el taxista recibe una llamada de su desagradable y tirano jefe por radio-taxi. El asesino a sueldo reconoce la situación y le obliga a enfrentar -hasta los límites más impensados por el empleado- a este jefe, con una frase que lo anima a hacerlo, pero de un modo raro. La frase dice “mejor que te saques las ganas” o algo así. Es extraño, porque no se sabe por cuál de los dos siguientes motivos lo dice: si es “porque tienes que liberarte de todo lo que te aprisiona si quieres ser libre y no un explotado toda tu vida”; o “porque esta misma noche vas a morir (porque yo mismo te mataré)”. Este equívoco, que le juega en la cabeza, huele a perversión; refiere claramente al eros y al tánatos, en ese orden: a “comenzarás genuinamente a vivir cuando derrotes a tu superior” o a “date el gusto, total no habrá sanciones laborales porque estarás muerto”. Vida y muerte.

Como, de todos modos, el taxista accede y se hace el gallito con su jefe (no sabemos si porque le sedujo la primera acepción o porque convencido de la segunda vale la pena vivir un rato más, e inclusive quizá sobreviva) nos permitimos disfrutar de ese momento de irreverencia, que forma parte de la fantasía del empleado medio y de otras situaciones sustitutas que trascienden a ese segmento.

La situación de tensión se resuelve con una completa tontería técnica, que consiste en acelerar el taxi y así socializar los riesgos, llevando al ridículo la amenaza de la pistola en la cabeza cuando van a 130 kms/h.

En el medio, la película tiene diálogos que intentan ponerle texto a los dilemas éticos y morales del taxista frente a la implacable capacidad resolutiva de su pasajero, tanto para cometer los asesinatos como para entender la vida. Y, es de esperar, afloran en el despiadado asesino algún que otro sentimiento que parece mostrar su lado humano (aunque no se sabe bien para qué).

Y, créase o no, los responsables del film se las arreglaron para que el final consista en salvar a una chica -una chica que el taxista sabe que está en peligro. Excepto que esta vez el héroe no conoce a la protagonista. Sólo se la ha cruzado durante la gira obligada y parece que se han gustado. Obviamente, el taxista es un desgraciado soltero y anda buscando compañera. Esto a un casado no le pasa.

Fernando Maskin, Lic. en Psicología.