Una para ver

Moneyball
(“El juego de la fortuna” en Latinoamérica y “Rompiendo Las Reglas” en España)

Cuando vean la película protagonizada por Brad Pitt, basada en hechos reales de la liga de beisbol profesional de EEUU, no se esperen la típica película yanqui de superación y heroísmo nacida de uno de sus deportes favoritos. Quizá esta peli es de todo, menos “pochoclera” (sin dejar de tener un muy buen ritmo narrativo). Puede que se estanque un poco en las escenas que manejan estadísticas y hablan de ítems particulares del beisbol; para los profanos (y me incluyo) se hacen casi incomprensibles.
Yo destacaría por encima de todo la dirección de actores; sacándole el máximo partido a cada uno. Campo donde destaca la excelente interpretación de Brad Pitt y sorprende gratamente la de su “partener” (al que es más habitual ver en roles cómicos). Por lo demás, y salvo algunos planos “cámara en mano”, tiene una dirección muy clásica, no exenta de simbología en algunos planos (para los detallistas).
Sin duda es un film más que recomendable. Donde se expone la gran diferencia que hay entre los equipos ricos y los pobres en una competición que se supone en igualdad de condiciones.

Por Javier Tripodi
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Fuera de cuadro

¿SABÍAS QUÉ…?

– Aunque hoy en día los efectos especiales de las películas se realizan en su mayoría con tecnología digital, todavía se siguen usando viejos trucos caseros en algunas grandes superproducciones. Como ejemplo: “Star Wars Episodio I: La Amenaza Fantasma”. En este film, durante los planos con preciosos paisajes del planeta Naboo, para recrear sus cascadas se utilizó… ¡sal! Sí, el condimento mineral que todos le solemos agregar a las papas fritas. Resulta que agarrando un puñado de sal y dejándolo caer imitan el agua turbulenta en su caída de cascada. Eso lo registran y (ahora interviene lo digital) multiplican en cantidad y tamaño para rellenar los digitales valles y montañas de Naboo. Atrás quedaron los años 70 cuando para manejar al maestro Yoda hacía falta un marionetista que resultó ser Frank Oz, creador de los teleñecos de “Barrio Sésamo” (o “Plaza Sésamo”, según en qué lado del charco lo vieran).

– Puede que no todos gusten de una buena peli de zombies. Pero seguro que todos vieron alguna imagen o se imaginan como sería enfrentarse a semejante terror, ¿no? Bueno, pues resulta que el director de cine George A. Romero sentó las bases de lo que hoy en día conocemos como “género de zombies”, con su primera película “La Noche de Los Muertos Vivientes”. El que los muertos se levanten y te quieran comer; que fueran lentos pero peligrosos (sobre todo en grupo); que los humanos se agrupen para enfrentarlos y que lo peor no esté en los zombies, sino en las diferencias entre las personas a la hora de enfrentar un problema común. Luego (hace poco históricamente) llegaron los zombies que corren o los “infectados”, en muy buenas películas como “28 Días después” y sus secuelas; y pueden resultar más aterradores y mortíferos que sus antepasados lentos y un poco “naif” para nuestros días. Pero si hoy se habla de “género de zombies” es gracias a que una noche se levantaron de la imaginación del señor George A. Romero. Quizá el dato más curioso y menos conocido de “La Noche de Los Muertos Vivientes” es que posee el primer desnudo integral de la historia del cine. Ocurre en una escena en la que los zombies asedian a los supervivientes en una cabaña. Vista desde un plano general exterior (altura baja, leve contrapicado), los zombies avanzan hacia la casa y uno de ellos es una señora desnuda vista de espaldas.

– Muchos recordarán de su infancia o juventud la película “Los Goonies”. ¿Cuántos imaginamos vivir aventuras similares? Lo que quizá no sepan es que dos de sus jóvenes actores son hoy dos conocidos intérpretes en famosas superproducciones de Hollywood. El niño protagonista y con más iniciativa del grupo (Mickey Walsh) era interpretado por Sean Astin, al que quizá asocien más con su personaje en la saga de “El Señor de Los Anillos”: Samsagaz “Sam” Gamgee el inseparable amigo de Frodo. Y su hermano mayor en “Los Goonies” (Brand Walsh) era interpretado por el actor Josh Brolin, conocido por sus personajes en películas como: “No es país para viejos”; “Milk”; “Wall Street: El dinero nunca duerme”. Y en la inminente tercera entrega de los hombres de negro: “Men in Black 3”; interpretará la versión joven del Agente K (personaje de Tommy Lee Jones).

Por Javier Tripodi
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Germania (Maximiliano Schonfeld)

BAFICI 2012 – Cine Independiente Argentino –

Brenda y Lucas son dos adolescentes que se preparan, junto a su madre, para abandonar el pueblo de Entre Ríos donde viven. Es un pueblo pequeño donde se crían gallinas que, al parecer, son víctimas de una peste.

El pueblo en el que viven Brenda y Lucas es una villa de costumbres cerradas donde todavía se habla en alemán y se preserva una idiosincrasia de antaño.

Brenda tiene una amiga y confidente. Con ella pasea por el campo, recolectan huevos y hacen planes a futuro. Lucas es más parco, más silencioso. Las chicas lo acusan de acudir a prostíbulos pero él nunca desmiente ni se hace cargo de la situación. Tiene un grupo con el que se junta a jugar al fútbol y poco más sabremos de él a menos que nos detengamos en sus expresiones.

De pronto, como sin querer, surge la sospecha de que Brenda esté embarazada. De un guanero que trabaja en los campos. Brenda le quita importancia, de todos modos van a irse.

La vida se devela como demasiado diáfana como para ser abandonada porque sí. El tono, entre anodino y habitual del pueblo donde transcurre el relato, hace pensar en paz, en delicadeza, en tranquilidad. No ocurre lo mismo en las mentes adolescentes donde el desarraigo y la posible maternidad flotan en la serenidad del verde.

Lucas es monaguillo en una iglesia y no encuentra a nadie capaz de reemplazarlo. En su partido de despedida se topa con la chance de nuevos arqueros, monaguillos no.

La madre encarga a un familiar que lleve flores a su difunto esposo y eso parece ser todo lo que deja allí. Ninguna maleta pesa lo suficiente, la casa está intacta y parece que han de partir sólo con las ropas y lo indispensable.

La noche previa hay un baile. Brenda y Lucas bailan juntos. Muy pronto se cansan y Brenda se va. Penetra en la oscuridad en busca del campamento de los guaneros, allí encuentra a su chico, jugando a las cartas. Se sienta con él. Más tarde, ya solos, le hablará del hijo que viene en camino y de su sueño frustrado de cuidarlo juntos. Él parece no entender nada y se la lleva a dormir bajo su manta.

Entretanto, Lucas va a buscar a su hermana y pelea por ella con los peones. Lo golpean sólo un poco. Lo suficiente como para que no moleste y lo dejan tendido a pocos metros de donde duerme la hermana. Por la mañana ambos se levantan y se preparan para marcharse.

El director nos habla del atardecer lento de un período: de la adolescencia que se pierde, de lo que se lleva en el cuerpo y en el espíritu. Es una película de rupturas.

Fantásticas las actuaciones, magnífica la construcción de los hiatos de los que está habitada la película. Los actores no son tales y, sin embargo, logran extraer de ellos una riqueza descomunal y primitiva.

Por Laura Alejandra Bravo
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La Casa (Gustavo Fontán)


BAFICI 2012 – Cine Independiente Argentino –

Es necesario contarlo, La Casa es el final de una trilogía que comenzó con El Árbol y siguió con Elegía de abril. Transcurre en el hogar de los padres del director.

Desde el principio comenzamos a advertir que es una película de ausencia. De una casa plena de evocaciones de lo que ya no está, de lo que ya pasó, de la gente que la habitó. La casa está cargada de pasado pero grávida de un final inminente.

El director recorre su locación: los empapelados, los espejos, los pasillos. Vemos lo que queda de una fiesta que la casa albergó: la torta, las copas antiguas, las guirnaldas de mediados de la década del 70. Todo velado, todo opacado, todo deslucido. Aunque aún, habitada por fantasmas, la casa sigue teniendo una profunda vida. Una vida especular, una vida de reflejos, de luces, de oquedades.

Hasta que, desde los contornos de una araña que cuelga del techo, sentimos el primer mazazo. El escombro empieza a caer y esa entrada de luz es el comienzo del fin. Luego vendrán las palas mecánicas y toda la parafernalia de una demolición pero esa primera imagen es aterradora.

La casa es un relato poético. No sólo porque comience con una cita de Olga Orozco sino porque habla de la muerte. De la muerte figurada de los tiempos que sus habitantes pasaron en ella. De una muerte lívida que se lleva los muebles viejos como en un sopor. De una muerte amarga que termina con toda la carga simbólica que una casa suele poseer.

El director afirma que la demolición efectiva que se ve en pantalla es lo que deja en claro que la trilogía terminó, que el fin le llegó a esta obra de una manera definitiva y fatal.

Muy bien filmadas las escenas del derrumbe. Los espectadores, azorados, no podían entender que todo culminara de una forma tan bella y explícita. Nada mesurada y hasta cruel pero pertinente.

Cuando quedan las últimas paredes y el sol invade el resultado del trabajo, vamos cayendo en la cuenta de que no hay futuro para la obra, de que ya brindó todo lo que tenía que brindar.

Experiencia onírica poblada de ánimas. Historia de un tiempo que fue, de una cosmovisión que cayó, La Casa representa también un mundo con otras ambiciones, con otras expectativas.

Brillante la solidez narrativa de un relato que, al no tener actores ni un guión convencional, se va andamiando sobre situaciones que se tornan hasta físicas para el espectador.

Queda como esperanza, esa hiedra final que cubre la pared lindera. Como veedora de lo que sucedió.

Por Laura Alejandra Bravo
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Dromómanos (Luis Ortega)

BAFICI 2012 – Cine Independiente Argentino –

(Del griego dromos, carrera, y manía, locura) Impulsión mórbida de andar.

Después de esto miré, y he aquí una puerta abierta en el cielo, y la primera voz que oí, como de trompeta, hablando conmigo dijo: Sube acá, y yo te mostraré las cosas que sucederán después de estas (Apocalipsis 4:1).

Mitad hombres, mitad fenómenos, los personajes de Ortega se encargan de vivir, de integrarse a un mundo que los aliena y los segrega. Son marginales, pero no sólo por elección sino por haber sido los señalados de Dios para portar con cuerpos o psiquis que los condenan a un devenir frustrante. Y eso sólo se puede paliar con la droga, el trago, con la música o con la religión.

El romance entre el enano y la lisiada roza tanto lo tragicómico como la ternura. Están allí, en sus hamacas, entre confesiones y amor. O están allá, topándose con la tercera en discordia, una niña bella que cuida un cerdito como si fuera su mascota.

También están el alcohólico y su pseudomédico. Quizás buscando huir de un destino tan insistente que los tiene aferrados de sus tobillos. Porque la locura no es sólo el encierro del neuropsiquiátrico, la locura también es encapsularse en una única y pequeñísima visión del planeta. Cofradía para dos o tres iniciados que poco y nada saben de cómo defenderse del mal que se alberga en sus cabezas.

Y encima la fe. La fe personificada en un culto cristiano evangélico que los vacía de sus identidades para convertirlos en posesos de un Dios tan tremendo como desleal. De un Dios que, más allá de sus propios rituales, podría cambiarlo todo con sólo mover un dedo. Pero parece que el Dios no quiere.

Ortega, en una entrevista, dijo no conocer a Browning y hasta prometió googlearlo. No obstante, sus personajes tienen una carnadura y una potencia dramática de la que los de Browning carecían. Elegido como mejor director, ha encontrado más actores en la calle que en los castings. Y no es poca cosa.

Dromómanos es una película acerca de los que no pueden parar. Acerca de los que recorren el territorio circundante buscando algo, rumiando algo. Tal vez, la búsqueda existencial de todos pero vivida desde los bordes.

No hay redención, no hay Cristo bueno que venga a rescatarlos. El amor aparece y les enseña su rostro pero no alcanza. Es esquivo, mezquino, tramposo, traidor. Cuando todo termine quedará como lo único que cuente pero, por ahora, predomina la angustia de las orillas, de los carros, del vino bebido de una botella con el pico roto, de un baño en una fuente, del aullido interno por el cerdito que se perdió.

La franqueza, la honestidad artística e intelectual con la que Ortega encara sus trabajos es lo que, sin dudas, constituye su principal talento. Border de la cinematografía por elección, narra como nadie el lento descenso al Hades de los huérfanos de esperanza.

Por Laura Alejandra Bravo
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Fuera de cuadro

¿SABÍAS QUÉ…?

La primera aparición en el cine de:
– Ron Pearlman (HellBoy) fue en la película “En busca del fuego” del director francés Jean-Jacques Annaud.
– Johnny Depp fue en “Pesadilla en Elm Street”.
– Kevin Bacon fue en el film de 1980 “Viernes 13” como uno de los jóvenes monitores asesinados por Jason.

Delicatessen

Entre su época como James Bond y su última buena etapa en el cine (ya de viejito atractivo), Sean Connery atravesó unos años de “Serie B”, en los que no era tan exquisito con los proyectos que aceptaba (digamos que dejó de ser un superestrella del celuloide).
De esta “Edad Media” de su carrera, proviene la que quizá es su película más “freak”: “ZARDOZ”. Es un film de 1974 (link del tráiler: www.youtube.com/watch?v=kbGVIdA3dx0 ) que agradará a los curiosos y morbosos; pero… ¡Cuidado!… ya que su vestuario puede dañar los estómagos más sensibles. Sólo con el tráiler, uno puede quedar “lobotomizado” y para quien tenga lo que hace falta para verla entera, no quiero recomendar con qué aperitivo acompañar semejante aventura. Comprobarán que Sacha Baron Cohen no inventó nada con lo desagradable del bañador de Borat. Y se preguntarán, si están en un planeta del espacio exterior en un futuro indeterminado ¿de dónde sacaron unos revólveres tan viejos que podrían ser de Buffalo Bill?

Por Javier Tripodi

El Ambulante

Si toda película, como decía Rivette, es un documental de sí misma, eso se hace más definitivo y palpable en El Ambulante.

Un hombre en un auto rojo con una filmadora VHS recorre el país filmando una película en cada pueblo. Primero, lo sabemos por referencia de Daniel (el protagonista), escribía los guiones. Luego, ese mínimo artificio se depura hasta limitar la intervención a unas escasas líneas que funcionan como hilo de Ariadna. El relato acompaña a Daniel desde su llegada a un pueblo, de los 58 en los que ha filmado, hasta que finaliza el producto y parte en busca de una nueva locación.

Comienza hablando con el intendente y negociando ésta: su oferta cultural, Lo hace a cambio de casa, comida y condiciones mínimas para filmar. Sus películas carecen de técnica. Él construye las escenografías como puede y el resto se genera en escenarios naturales. Clava maderas, repara su cámara, convoca a los vecinos que van a participar.

Dondequiera que Daniel va provoca empatía. Hay pueblos pequeños que no sólo desconocen la experiencia del rodaje sino que también ignoran el lugar de espectadores cinematográficos. Jamás han pisado una sala y lo más parecido al cine que conocerán es lo que Daniel les ofrece.

Cada uno se mueve en escena según lo marca su rol en la vida real. El cura hace de cura, los novios hacen de novios y, los únicos impostados, son unos fantasmas que salen con sábanas del cementerio. La pureza del rodaje está dada porque respeta las situaciones que van ocurriendo y no censura el error sino que repite la toma sólo por fuerza mayor.

Los documentalistas que siguieron a Daniel confiesan haber sido impactados por lo prolífico de su obra que se proyecta sobre una sábana blanca en alguna sala comunitaria.

Lo que se subraya en la historia es que vecinos que tenían poco contacto, tras la filmación construyen nuevos lazos sociales. Que la película, más allá de ser un hecho novísimo tiende una red desconocida que queda instalada aún cuando Daniel se va.

Tuve la fortuna de ver la película en el BAFICI 2010, en una función con los directores. Ellos contaban que habían financiado el proyecto con un crédito menor y que por ello, la accesibilidad técnica con la que contaban era escasa. La diferencia era que ellos tenían instalado en su imaginario un deber ser que no era el de Daniel.

Con más de sesenta años, Daniel vive de lo que le deja la proyección de sus trabajos y no tiene otro ingreso económico. Si sufre alguna avería en el auto lo soluciona él o apela a la colaboración de su entorno circunstancial.

Son hilarantes las tomas en las que los personajes no recuerdan los nombres, en las que Daniel se narra a sí mismo como cineasta y las que pretenden ser pasos de comedia.

El ambulante, un sustantivo que designa a quien va de un lugar a otro sin tener asiento fijo, no sólo nombra a Daniel sino a la película misma que no ha parado de recorrer festivales por lo único de su propuesta, por su minimalismo estético y por la originalidad de la puesta en pantalla.

Por Laura Alejandra Bravo
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Aballay, el hombre sin miedo (Fernando Spiner)

Aballay (Pablo Cedrón) es un gaucho ladrón, jefe de un grupo de bandidos salvajes que se mueven en un paisaje árido donde los cactus, las montañas y los valles hacen las veces de telón de fondo. Tienen el dato de que un cargamento viene hacia ellos y salen a su encuentro. Sin demasiados miramientos matan a toda la guardia y al criollo que viajaba en el carruaje. Aballay hace una inspección final y descubre, bajo la tapa del asiento, al hijo del criollo que acaba de matar. Toda su vida se trastoca en esa mirada.

Pasan los años, Juan Herralde (Nazareno Casero), un muchacho porteño, con habilidad para los retratos llega a La Malaria. Allí, Benavidez tiene como peón a una muchacha muy joven a la que apoda Negro (Moro Anghileri).

En paralelo, Aballay lleva una vida errante y esquiva, su historia será homologada más adelante por el espectador, en la leyenda que un cura apasionado (Gabriel Goity) narra sobre los estilitas, anacoretas que se quedaban en lo alto de una columna sumando privaciones para el perdón de sus pecados. Aquí no hay columnas sino caballos. Los pobladores del lugar lo llaman El Pobre, un santo local que protege a los niños y sana a los enfermos. A la vera del camino se tallan sus imágenes y se le prenden velas.

Cuando Negro es comprada por un hombre de poder (Claudio Rissi), Herralde salta en su defensa e intenta rescatarla, quedando estaqueado en la mitad del campo y semimuerto hasta el amanecer. La muchacha lo socorre y va en busca de su padrino. Dejan a Julián para que El Pobre haga su trabajo. Cuando Aballay lo encuentra, ve el dibujo de la empuñadura de su cuchillo y sabe que lo han descubierto pero no hace nada por huir. Por el contrario, le cura la ceguera con yuyos y lo acompaña a rescatar a Negro, de nuevo en manos de su captor.

Juan Herralde sabe que El Pobre es Aballay y siente angustia ante la inminencia de la muerte, la suya o la del Pobre pero ya nada puede detenerlo.

Fernando Spiner se propuso hacer un western argento basándose en las similitudes que hubo en la vida del poblador del lejano oeste americano y la del gaucho del interior de nuestro país. Explotó la condición de solitario del gaucho y, tal vez, la sujeción a normas que él mismo crea para vivir en armonía con sus pares. Normas que quizás no sean convencionales pero son las que sirven en ese contexto.

El director basó su guión en un cuento de Antonio Di Benedetto. Es una coproducción en la que tienen participación tanto la Provincia de Tucumán como la Universidad de Lomas de Zamora. Obtuvo una merecida mención en el Festival de cine de Mar del Plata.

Las locaciones son extraordinarias. Los planos generales de vegetación seca, tierra cuarteada y precordillera interminable son de una magnificencia irrepetible.

La Marcha de San Lorenzo y la música, entre sacra y local, contribuyen a ambientar la crudeza de lo narrado arrastrándola hacia un desenlace lógico que no deja de ser amargo, peleado y desesperante.

Por Laura Alejandra Bravo
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Fuera de cuadro

¿SABÍAS QUE…?

– En su momento Waterworld de Kevin Costner se alzó con el dudoso honor de ser el film más caro de la historia del cine. Lo malo es que también fue el menos rentable. Marcó el comienzo del fin del estrellato de Kevin Costner.

– Steven Seagal antes dedicarse al “cine” era un experto en defensa personal y aikido que trabajó como guardaespaldas de famosos, políticos y empresarios.

– Harrison Ford era carpintero en los estudios “20th Century Fox” de cine. Un día George Lucas lo llamó provisionalmente para dar la réplica al diálogo de los aspirantes en el casting de Star Wars . Lo hizo tan bien que se convirtió en Han Solo; Indiana Jones (también producción de Lucas); el Dr. Richard Kimble en El Fugitivo, Rick Deckard en Blade Runner, etc.

– Sylvester Stallone tiene el gesto torcido debido a que los médicos le dañaron un nervio facial al nacer, ya que su madre tuvo un parto complicado. Y aunque quizá no es un excelente actor, con Rocky fue nominado al Oscar en dos candidaturas: Actor Protagonista y Guión Original.

Por Javier Tripodi