The Libertines: There Are No Innocent Bystanders

Es Roger Sargent, el afamado fotógrafo inglés, quien decidió narrar una deliciosa historia de amor, odio, desencuentro, pasión y música en versión cine. Aprovechó la proximidad de su oficio para establecer un vínculo con The Libertines y montar un relato que va desde lo intrínseco a los bordes, desde el origen mismo de los sentimientos a las actitudes. Porque en esta narración conviven los egos y las luces, la alegría y hasta la periferia demente de la gloria.

Arranca situándonos en cuadro de situación, The Libertines se separan en 2004 con un soberbio escándalo y se reúnen cuando deciden que están maduros para volver a tocar juntos, que es bueno lo que hacían y que, toparse otra vez con aquellos hits, ya no es doloroso ni violento. Este evento ocurre en 2010 cuando tocan en los festivales de Reading y Leeds.

Es una película especular. Por un lado, cómo se reflejan y refractan Doherty y Barat y, por otro, cómo repercute en Hassall y Powell, secundarios pero no eclipsados, con los pies sobre la tierra, conscientes del contexto que les ha tocado en suerte.

La selección de entrevistas es feliz y pertinente. Doherty contando sus primeras experiencias con Barat como guitarrista. Un Barat al que se le pide que lleve preparada This charming man de The Smiths y que aparece tocando Charmless man de Blur. Un Doherty superado por la circunstancia que cree que, si su futuro compañero no conoce a The Smiths, deberá darle un curso intensivo en el que no obviará a Suede.

Por su lado Barat, llevando al rodaje hasta Albion Rooms, el lugar donde la banda ensayaba, componía y se entregaba a los excesos. El antro donde eran ellos mismos hasta la exasperación, hoy casi transformado en un santuario. Iglesia posmo-rocker con inscripciones en las paredes y leyendas entre sus clásicos ladrillos.

Es cierto, se reúnen y hasta nos parece emotivo pero no hay que ser ingenuos, ninguno ha olvidado porqué dejaron de estar juntos y es por eso que el abrazo es generoso pero no confiado. Todavía les restan a Pete y a Carl cosas por decirse y se las cuentan al documentalista. Carl, por lo pronto, no olvida llamarlo uñas negras, Pete rebasa por cualquier arista desde la que se pretenda analizarlo y admite que la fama lo desestabilizó. John y Gary son los lúcidos, los que asistieron al festín pero tienen resto físico para contarlo.

Espectaculares shows donde supieron desempolvar sus clásicos, The Libertines no olvidan donde está su esencia pero no pueden dejar de ser prisioneros del monstruo que juntos construyeron. Histriónicos, procaces, talentosos, saben que no están dadas las condiciones para que el romance sea estable, que tiene que ser apenas el más veloz y fulminante de los orgasmos para no dañar a nadie. Para que cada uno pueda seguir con su vida, con su carrera, con su rehabilitación.

A veces Carl guarda más de lo que dice y Pete expone más de los que se le pide. Siempre parecen estar en las antípodas y es rarísimo porque supieron compartir lo mejor de sus respectivos dones. Se respetan, se reconocen, tienen el mismo tipo de genes y sin embargo… Los rupturistas del nuevo milenio, las promesas de renovación para una escena londinense muy gastada, se dan la espalda y transitan sus propias rutas.

Roger Sargent trabajó dos años para obtener el riquísimo material que despliega en su filme. Tiene el don de captar la sutileza de los estados de ánimo y el momento justo donde cortar la charla. La bohemia de Albion Rooms, un sueño hundido en el crack y en la heroína flota como una vieja sonata en toda la gran tragedia que The Libertines contiene por su sino de grandeza y su final de pletórico derrumbe.

Son todavía muy jóvenes, los periodistas no cesan de preguntarle a uno con respecto al otro. Ellos: impúdicos, bellísimos, glamorosos, catárticos, borrachos e inspirados nos recuerdan que no hay testigos inocentes.

Por Laura Alejandra Bravo
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