La Casa (Gustavo Fontán)


BAFICI 2012 – Cine Independiente Argentino –

Es necesario contarlo, La Casa es el final de una trilogía que comenzó con El Árbol y siguió con Elegía de abril. Transcurre en el hogar de los padres del director.

Desde el principio comenzamos a advertir que es una película de ausencia. De una casa plena de evocaciones de lo que ya no está, de lo que ya pasó, de la gente que la habitó. La casa está cargada de pasado pero grávida de un final inminente.

El director recorre su locación: los empapelados, los espejos, los pasillos. Vemos lo que queda de una fiesta que la casa albergó: la torta, las copas antiguas, las guirnaldas de mediados de la década del 70. Todo velado, todo opacado, todo deslucido. Aunque aún, habitada por fantasmas, la casa sigue teniendo una profunda vida. Una vida especular, una vida de reflejos, de luces, de oquedades.

Hasta que, desde los contornos de una araña que cuelga del techo, sentimos el primer mazazo. El escombro empieza a caer y esa entrada de luz es el comienzo del fin. Luego vendrán las palas mecánicas y toda la parafernalia de una demolición pero esa primera imagen es aterradora.

La casa es un relato poético. No sólo porque comience con una cita de Olga Orozco sino porque habla de la muerte. De la muerte figurada de los tiempos que sus habitantes pasaron en ella. De una muerte lívida que se lleva los muebles viejos como en un sopor. De una muerte amarga que termina con toda la carga simbólica que una casa suele poseer.

El director afirma que la demolición efectiva que se ve en pantalla es lo que deja en claro que la trilogía terminó, que el fin le llegó a esta obra de una manera definitiva y fatal.

Muy bien filmadas las escenas del derrumbe. Los espectadores, azorados, no podían entender que todo culminara de una forma tan bella y explícita. Nada mesurada y hasta cruel pero pertinente.

Cuando quedan las últimas paredes y el sol invade el resultado del trabajo, vamos cayendo en la cuenta de que no hay futuro para la obra, de que ya brindó todo lo que tenía que brindar.

Experiencia onírica poblada de ánimas. Historia de un tiempo que fue, de una cosmovisión que cayó, La Casa representa también un mundo con otras ambiciones, con otras expectativas.

Brillante la solidez narrativa de un relato que, al no tener actores ni un guión convencional, se va andamiando sobre situaciones que se tornan hasta físicas para el espectador.

Queda como esperanza, esa hiedra final que cubre la pared lindera. Como veedora de lo que sucedió.

Por Laura Alejandra Bravo
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