Dromómanos (Luis Ortega)

BAFICI 2012 – Cine Independiente Argentino –

(Del griego dromos, carrera, y manía, locura) Impulsión mórbida de andar.

Después de esto miré, y he aquí una puerta abierta en el cielo, y la primera voz que oí, como de trompeta, hablando conmigo dijo: Sube acá, y yo te mostraré las cosas que sucederán después de estas (Apocalipsis 4:1).

Mitad hombres, mitad fenómenos, los personajes de Ortega se encargan de vivir, de integrarse a un mundo que los aliena y los segrega. Son marginales, pero no sólo por elección sino por haber sido los señalados de Dios para portar con cuerpos o psiquis que los condenan a un devenir frustrante. Y eso sólo se puede paliar con la droga, el trago, con la música o con la religión.

El romance entre el enano y la lisiada roza tanto lo tragicómico como la ternura. Están allí, en sus hamacas, entre confesiones y amor. O están allá, topándose con la tercera en discordia, una niña bella que cuida un cerdito como si fuera su mascota.

También están el alcohólico y su pseudomédico. Quizás buscando huir de un destino tan insistente que los tiene aferrados de sus tobillos. Porque la locura no es sólo el encierro del neuropsiquiátrico, la locura también es encapsularse en una única y pequeñísima visión del planeta. Cofradía para dos o tres iniciados que poco y nada saben de cómo defenderse del mal que se alberga en sus cabezas.

Y encima la fe. La fe personificada en un culto cristiano evangélico que los vacía de sus identidades para convertirlos en posesos de un Dios tan tremendo como desleal. De un Dios que, más allá de sus propios rituales, podría cambiarlo todo con sólo mover un dedo. Pero parece que el Dios no quiere.

Ortega, en una entrevista, dijo no conocer a Browning y hasta prometió googlearlo. No obstante, sus personajes tienen una carnadura y una potencia dramática de la que los de Browning carecían. Elegido como mejor director, ha encontrado más actores en la calle que en los castings. Y no es poca cosa.

Dromómanos es una película acerca de los que no pueden parar. Acerca de los que recorren el territorio circundante buscando algo, rumiando algo. Tal vez, la búsqueda existencial de todos pero vivida desde los bordes.

No hay redención, no hay Cristo bueno que venga a rescatarlos. El amor aparece y les enseña su rostro pero no alcanza. Es esquivo, mezquino, tramposo, traidor. Cuando todo termine quedará como lo único que cuente pero, por ahora, predomina la angustia de las orillas, de los carros, del vino bebido de una botella con el pico roto, de un baño en una fuente, del aullido interno por el cerdito que se perdió.

La franqueza, la honestidad artística e intelectual con la que Ortega encara sus trabajos es lo que, sin dudas, constituye su principal talento. Border de la cinematografía por elección, narra como nadie el lento descenso al Hades de los huérfanos de esperanza.

Por Laura Alejandra Bravo
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