El Ambulante

Si toda película, como decía Rivette, es un documental de sí misma, eso se hace más definitivo y palpable en El Ambulante.

Un hombre en un auto rojo con una filmadora VHS recorre el país filmando una película en cada pueblo. Primero, lo sabemos por referencia de Daniel (el protagonista), escribía los guiones. Luego, ese mínimo artificio se depura hasta limitar la intervención a unas escasas líneas que funcionan como hilo de Ariadna. El relato acompaña a Daniel desde su llegada a un pueblo, de los 58 en los que ha filmado, hasta que finaliza el producto y parte en busca de una nueva locación.

Comienza hablando con el intendente y negociando ésta: su oferta cultural, Lo hace a cambio de casa, comida y condiciones mínimas para filmar. Sus películas carecen de técnica. Él construye las escenografías como puede y el resto se genera en escenarios naturales. Clava maderas, repara su cámara, convoca a los vecinos que van a participar.

Dondequiera que Daniel va provoca empatía. Hay pueblos pequeños que no sólo desconocen la experiencia del rodaje sino que también ignoran el lugar de espectadores cinematográficos. Jamás han pisado una sala y lo más parecido al cine que conocerán es lo que Daniel les ofrece.

Cada uno se mueve en escena según lo marca su rol en la vida real. El cura hace de cura, los novios hacen de novios y, los únicos impostados, son unos fantasmas que salen con sábanas del cementerio. La pureza del rodaje está dada porque respeta las situaciones que van ocurriendo y no censura el error sino que repite la toma sólo por fuerza mayor.

Los documentalistas que siguieron a Daniel confiesan haber sido impactados por lo prolífico de su obra que se proyecta sobre una sábana blanca en alguna sala comunitaria.

Lo que se subraya en la historia es que vecinos que tenían poco contacto, tras la filmación construyen nuevos lazos sociales. Que la película, más allá de ser un hecho novísimo tiende una red desconocida que queda instalada aún cuando Daniel se va.

Tuve la fortuna de ver la película en el BAFICI 2010, en una función con los directores. Ellos contaban que habían financiado el proyecto con un crédito menor y que por ello, la accesibilidad técnica con la que contaban era escasa. La diferencia era que ellos tenían instalado en su imaginario un deber ser que no era el de Daniel.

Con más de sesenta años, Daniel vive de lo que le deja la proyección de sus trabajos y no tiene otro ingreso económico. Si sufre alguna avería en el auto lo soluciona él o apela a la colaboración de su entorno circunstancial.

Son hilarantes las tomas en las que los personajes no recuerdan los nombres, en las que Daniel se narra a sí mismo como cineasta y las que pretenden ser pasos de comedia.

El ambulante, un sustantivo que designa a quien va de un lugar a otro sin tener asiento fijo, no sólo nombra a Daniel sino a la película misma que no ha parado de recorrer festivales por lo único de su propuesta, por su minimalismo estético y por la originalidad de la puesta en pantalla.

Por Laura Alejandra Bravo
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