Vincere (Marco Bellochio)

Un hombre que ha vivido doce años con un ideal -tanto más si es inconfesado-, cuando despierta se encuentra inevitablemente comprometido con su carácter y ya no huye del hábito de aquel ideal. Ahora bien, entre las muchas cosas monstruosas, el hábito de un ideal es feísimo. Y uno se corrige de todo, pero no de eso. Podrá tratar de cambiar la dirección de su ideal, pero nada más.
Por fortuna entre todos los hábitos espirituales -pasiones, deformaciones, complacencia, serenidad, etcétera-, el único que sobrevive a los días es la calma. Volverá.
Cesare Pavese

Una mujer, Ida Dalser, comparte la cama, los proyectos y los sueños con un Mussolini en ascenso. Ciega de algo que se parece al amor y a la pasión (para no ser ninguno), es correspondida en su aventura. Lo hace todo. Lo puede todo por ese hombre. Hasta vende su propiedad y sus joyas para que él pueda fundar Il Popolo d’Italia, instrumento de propaganda perfecta para el ultranacionalismo.

Ida tiene contacto con el Mussolini germinal, el que busca su lugar en la política, el que es vibrante, histriónico. El que se siente más que Napoleón quien, al fin y al cabo fue sólo un general. Esa mujer, Ida Dalser tiene un hijo que es reconocido por Mussolini y se dice, se piensa o se cree su primera y legítima esposa. Aquél hombre toma distancia. Son otros sus deseos y otro el entorno que elige. Otra su familia verdadera.

Ida se siente decepcionada, estafada tanto en lo económico como en lo humano y comienza una persecución. Lo sigue con cartas y demandas gritadas frente a sus oficinas. La respuesta no se hace esperar, es encerrada y custodiada en una casa donde Benito padre concurre a visitar a Benito hijo. Allí viven con el hermano de Ida y su cuñada. Escondiendo documentación en un gallo embalsamado.

Todos los sentimientos de Ida se trastocan y devienen en obsesión. Es angustia y demanda. Se hace ira. Desborda. Mussolini no precisa forzarla para que Ida termine en un manicomio. La locura es su lugar. Ha dejado de interactuar para encerrarse en sus verdades.

Un tiempo después, a su hermano le es quitada la custodia de su hijo y el pequeño Benito pierde su apellido. En un internado al que es confinado, como única protesta, estrella contra el suelo una imagen de Il Duce. No puede ver a su madre y le manda sólo cartas dictadas. Ida sufre la imposibilidad de vivir el hoy empeñada en la lealtad a un pasado y la necesidad de asegurar el futuro de su hijo. El joven Benito, transformado por obra de la burocracia en Benito Dalser, es un jocker operístico de poca monta.

Los años de persistencia de Ida traen rebotes inevitables: su hijo es internado en un psiquiátrico por alegar ser hijo de Il Duce. La muerte, esperada, explicable, sobreviene sobre los dos. Nadie aclara si era verdad o mentira lo que Ida proclamaba. O si la locura transmitida como un gen fue el estigma de una mujer y su hijo que fueron deseantes de un destino diferente. Tampoco importa. Lo que importa es que Ida está deshaciéndose en infinitos jirones ante nuestra impotencia. Algo está destruyéndose ante nuestros ojos.

Sufre la imposibilidad de rescate de un amor que nunca se hizo palabras, Benito nunca dijo en italiano que la amara.

¿Jocker operístico? Todo el film es una ópera que revisita desde lo documental y desde lo humano la bitácora de la pasión. De la pasión de un hombre por el poder, de la pasión de una mujer por un hombre y de la pasión de un Jesucristo omnipresente en la Italia de ese entonces. Un Jesucristo que muere en la cúpula de un hospital y un Jesucristo que renace a cada momento para ser cruz y calvario.

La belleza de los trajes de modelo de Ida en Milán, en su juventud, contrasta con los otros trajes: los uniformes militares, los hábitos de las religiosas, el traje negro de los custodias, el chaleco de fuerza.

También está el cine como elemento de registro. Las escenas que se ven en pantalla cobran tenor para Ida, desde el cine mudo al sonoro. Ella y su hijo, los dos locos, se alimentan del viejo cinematógrafo manual.

Por último, los rostros como viñetas móviles del estado de ánimo: de la pulsión, del abandono, de la inminencia de la enfermedad, de lo siniestro son otra forma de narrar.

Bellochio es excesivo, cruel, esteta. Sus actores son formidables. Su director de arte es brillante.

Si es cierto que nos acostumbramos al dolor, ¿cómo es que con el paso de los años sufrimos cada vez más?
Cesare Pavese

Por Laura Alejandra Bravo
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