Cine Independiente Argentino – Los Santos Sucios (Luis Ortega)

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El epígrafe inicial reza que la guerra quedó atrás dejando a la deriva a hombres que no han sido recogidos por las fuerzas del orden. Post caos, para esos parias, sólo queda la esperanza de cruzar el río.

En una ciudad, tal vez Buenos Aires, quizás cualquier otra, un joven que no sabe su edad (Luis Ortega), comparte su vida desde hace años, tal vez décadas, con Rey (Alejandro Urdapilleta). Ambos duermen sobre un mismo colchón, salen sólo de noche y ordenan sus vidas conforme al ritmo de las campanadas de una iglesia abandonada.

A la empresa de cruzar el río se unen Berny, el amo del campanario, quien odia y ama por igual tanto a su campana como a las palomas. Definido por el muchacho como el más inteligente y el más débil conserva su carta natal en el cuarto donde duerme.

El Mudo, infranqueable, no puede ser obviado porque posee la manija, un picaporte común que nadie sabe qué abrirá. El Mudo es un caminante nato y en una de sus recorridas se topa con un pequeño freak que será el último miembro del contingente.

Párrafo aparte merece Monito, la última mujer, que sólo busca ser amada y que trepa por las paredes alternando entre la complacencia, la violencia y la animalidad extrema. Una adolescente, uno imagina que apenas había nacido cuando aconteció la guerra y que por eso es tan carente de urbanidad.

El guión, escrito por Ortega y Urdapilleta es funcional y seco. Nadie pronuncia una palabra de más. El cuadro a cuadro regala escenas maravillosas como el Mudo caminando bajo las estrellas, los viajeros atravesando el bosque y ese viento que les troca los rostros en deformidades que superan lo visual para ser agujeros de incertidumbre y angustia.

La fotografía tarcovskyana, si se me permite el neologismo, elegida ex profeso por Ortega favorece la construcción del clima apocalíptico, austero y tan quebrado de nada en el que se mueven los personajes.

No es una película fácil. No es una película complaciente y, sin embargo, mantiene la tensión dramática hasta el final. Hasta que Monito, abandonada en la ciudad, hace estremecer el campanario en un golpeteo furioso y brutal.

Luis Ortega llega a esta película tras la notable repercusión de Monobloc (2004) y Caja negra (2001). Los santos sucios se estrenó en el contexto de un pequeño escándalo en el BAFICI 2010. La película sortea con creces el desafío de ser la tercera película de autor en un género poco transitado por la filmografía local como la sci-fi.

Leonardo Favio dijo alguna vez que Luis Ortega era su sucesor. Quizás lo haya dicho por las formas que, en uno y otro, adopta la tragedia. Pero en Ortega es tensa, morosa, crudelísima y sutil. Una tragedia que corroe lento porque, a diferencia de las películas de Favio, no sabe de muerte pero adolece de futuro.

Por Laura Alejandra Bravo

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